MORIR DOS VECES

TERI SÁENZ CHUCHERIAS Y QUINCALLA

Lo peor de una muerte violenta es lo que supura alrededor después de esa muerte. El caso de Diana Quer es paradigmático de un fenómeno cada vez más extendido y alimentado por la voracidad de los medios en el que no basta dar a la audiencia los detalles del caso concluido. La postmuerte exige dibujar el marco que recuadra el drama, detalles donde lo esencial no es enriquecer el relato sino prolongarlo hasta el infinito. A costa de lo que sea. Desde el dolor ajeno hasta de la propia verdad. Como ha sucedido en otras ocasiones fatídicas y ahora vuelve a replicarse, todos lo sabían antes de que ahora todo se sepa. Nadie dudaba de que el culpable era el principal sospechoso. Busque a alguien en el lugar de los hechos que aquella noche no lo vio merodear, algún vecino que no haya dudado de él, que desconociera sus antecedentes. La demanda de testimonios que gravitan alrededor de la víctima y el agresor ignoran la certeza. Un valor secundario que incita a preguntarse dónde estaban entonces tantos visionarios, cómo no anticiparon la tragedia. Esa avalancha de periodistas llamando al telefonillo de casas aledañas y rastreando el paradero de los parientes para extraerles una declaración (cualquier declaración) suponen en realidad el segundo acto de la liturgia mediática. El primero se escribió cuando una chica guapa que desapareció un día de fiesta sin dejar más rastro que una situación familiar compleja y su propia juventud. Ahí se abrió la veda de las elucubraciones que ni la confirmación de su muerte es ahora capaz de zanjar.

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