Miscelánea de cosas que no entiendo (X)

JULIO ARMAS

. En plena campaña del 27-S Artur Mas, «El augur», lanzó un vaticinio sobre lo que harían los bancos si se alcanzaba la independencia de Cataluña: «¿Pensáis que se marcharán de aquí? Claro que no se irán. Claro que se quedarán», presagió. Pues que Santa Lucía le conserve el oído porque para lo de la vista llega ya demasiado tarde. No entiendo que, visto lo visto, a Mas, «El augur», se le sigan pidiendo opiniones.

. Ya verán, les cuento: Manuel D'Amat i de Junyent fue un militar y administrador virreinal español que entre 1761 y 1776 fue virrey de Perú. Y ocurrió que, recelando el virrey Amat de que alguna flota inglesa intentara hacerse dueña del Callao y de Lima, procedió a organizar varias compañías de milicias cívicas cuyos jefes, oficiales y soldados, fuesen todos nacidos en la península. Y tras organizarlas llegó el grandioso día en el que las compañías debían jurar bandera. El virrey, acompañado de la Real Audiencia, Cabildo y altos empleados, presenciaba el desfile desde la galería de Palacio. El pueblo, en la Plaza Mayor, palmoteaba y vivaba a cada compañía cuando su abanderado saludaba al representante de la corona. Como el virrey era catalán, acaso por lisonjearlo, fue más estrepitoso el aplauso de la muchedumbre a la compañía catalana y a su capitán, que era nada menos que don Antonio de Amat, sobrino de su excelencia. Y un caballero andaluz que en la galería formaba parte de la comitiva palaciega, dijo las siguientes palabras, no en voz tan baja que no fueran oídas por el virrey: «Para insolencia y puta; Cataluña». El catalanismo del excelentísimo señor don Manuel de Amat i Junyet se sintió como picado de víbora y, sin volverse hacia el impertinente comentador, contestó: «Para fachenda, holganza y truhanería, Andalucía». Y esto no lo digo yo, lo cuenta Ricardo de Palma en sus «Tradiciones peruanas». No entiendo que no entiendan que el de ahora es un rigodón que hace siglos que empezó.

: Sobre el tema del excesivo número de políticos que hoy están dando su vida, cuando no su hacienda, (no se rían), por sus conciudadanos, poco creo que haya que argumentar. Afortunada o desafortunadamente hay una cosa que palpablemente lo demuestra. Sin ir más lejos y por poner un ejemplo cercano: ¿han reparado ustedes en el tamaño de la mesa en la que se reúnen los ediles de nuestro Ayuntamiento logroñés? Eso no es una mesa, eso es un «mesón»... ¡Qué digo un mesón! Una hostería completa... Ríanse ustedes de aquella Tabla Redonda en la que el rey Arturo, Perceval, Lanzarote y otros diez caballeros más se reunían para hablar de las cosas propias de su sexo y condición. Pues bien, creo yo que el motivo del tamaño de semejante mueble es que hoy, entre los reunidos que escuchan pero no hablan y los que hablan pero no escuchan, para la toma de una decisión que antes la tomaban entre cuatro hoy hacen falta cuarenta. Por lo que, llegados aquí, no entiendo que no se den cuenta de un par de cosas relativas a la duración y la importancia de las reuniones. Una que, como dice Murphy, la duración de una reunión es directamente proporcional al número de personas que asisten a ella, y otra que la importancia de los temas a tratar en una reunión es inversamente proporcional al número de asistentes. No lo entiendo.

: De aquellos tiempos del cuplé tengo buenos amigos franceses. Tras la «charleta» que el otro día diera el señor Puigdemont en Bruselas, me llamó a casa uno de ellos para decirme que no había entendido nada de lo que había dicho el ex muy honorable. Le dije que no exagerara, que yo también había seguido su intervención y me parecía que el hombre tenía un francés bastante correcto. No, si el francés lo he entendido, me dijo, lo que no he entendido es lo que quería decir con eso de que sí, pero que no, de que declaro, pero derogo, de que me voy, pero me quedo... Entiendo que no lo entiendas, le dije, pero no te preocupes que así estamos todos por aquí. Yo sé que ver y oír a un triste enfada (1), pero ahora que los belgas se lo queden una temporadita por allí, que la gracia de Dios hay que repartirla.

: Yo no lo entiendo. ¿Lo entienden ustedes? La madre le dice al niño que deje de jugar con el jarrón chino, que va a acabar rompiéndolo. El niño no hace caso de la advertencia y sigue dando vueltas al jarroncito. La madre le dice al niño que como lo rompa no va a salir de casa en dos meses. Y ocurren tres cosas. Una: el niño rompe el jarrón. Dos: la madre le deja dos meses sin salir de casa y tres: la vecina dice que el castigo es excesivo. A partir de ahí: la madre es una «madrastrona»... la vecina es humanitaria... el niño es una víctima... y el jarrón chino está roto. No lo entiendo... Hasta el domingo que viene, si Dios quiere, y ya saben, no tengan miedo.

(1): De «El rayo que no cesa», de Miguel Hernández.

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