Un minuto compartido cambia una vida

Un minuto compartido cambia una vida

«En España, las victimas por suicidio duplican a las de accidentes de tráfico, pero detrás de las estadísticas están millones de historias personales de aquellos que, por razones diferentes, han cuestionado el valor de sus propias vidas»

Resulta esclarecedora la comunicación de la Asociación Internacional para la prevención de suicidio, IASP, sobre la importancia de romper el tabú, el silencio asociado al suicidio, para poder hacer una labor de prevención que sea realmente eficaz. Porque los datos son abrumadores: cada año, más de 800.000 personas mueren por suicidio en el mundo y se estima que los intentos de suicidio son 25 veces más, es decir, más de 20 millones de personas lo intentan. En nuestro país las victimas por suicidio, a día de hoy, duplican a las de accidentes de tráfico y multiplican por 60 a las de violencia de género. Detrás de estas impactantes estadísticas están las millones de historias personales de aquellos que, por muchas razones diferentes, han cuestionado el valor de sus propias vidas.

Cada una de estas personas forma parte de una comunidad. Algunos pueden tener buenos vínculos, una red de familiares, amigos y colegas de trabajo o compañeros. Otros pueden estar menos conectados y algunos pueden estar muy aislados. Independientemente de las circunstancias, los grupos humanos en los que viven desempeñan un papel importante en el apoyo que se puede prestar a quienes sienten deseos de morir.

Muchos de nosotros sabemos qué hacer cuando nos encontramos con una emergencia de salud física, sin embargo, tenemos más dificultades para saber qué hacer cuando estamos frente a una emergencia relacionada con una crisis mental o emocional. Como miembros de distintos grupos humanos, podemos mirar hacia afuera, hacia esos que pueden estar luchando en un momento especialmente difícil y animarles a contar su historia a su manera y a su propio ritmo. Ofrecer una palabra suave de apoyo y escuchar sin juicios puede marcar la diferencia.

Las personas que han vivido un intento de suicidio tienen mucho que enseñarnos sobre cómo las palabras y acciones de los demás son importantes. A menudo hablan emocionados acerca del momento en el que no veían otra alternativa... Algunos describen cómo se daban cuenta de que no querían morir, sino que necesitaban que alguien interviniera y los detuviera. Otros buscaban activamente a alguien que pudiera sentir su desesperación e interesarse por su situación. Nadie tiene todas las respuestas. En general, nos cuesta intervenir incluso aunque estemos muy preocupados por alguien. Hay muchas razones para esto, la mayoría de nosotros podemos no sentirnos preparados para hablar en estas circunstancias. Sin embargo, es importante recordar, que no hay una fórmula concreta, fácil y rápida. Las personas que han pasado por un episodio de pensamiento suicida severo a menudo dicen que no estaban buscando un consejo específico, pero que la compasión y la empatía de otros les ayudaron a cambiar las cosas de algún modo y les llevaron hacia la recuperación.

Otro factor que nos disuade de iniciar un acercamiento y una conversación en estas situaciones es que nos preocupa que con nuestra intervención se pueda empeorar la situación. Una vez más, esta vacilación es comprensible. Abordar el tema del suicidio es difícil y existe el mito de que hablar de suicidio con alguien puede llevar esa idea a su cabeza o desencadenar el acto. Pero sabemos que esto no es así. Sabemos que cuidar y escuchar a alguien que experimenta este sufrimiento intenso, sin juzgarle, puede ayudarle a reducir su angustia.

Las personas que atraviesan una crisis de este tipo deben lidiar, además de con su desesperanza, con sentimientos de incomprensión y vergüenza que no ayudan. Y junto a quienes tienen deseos de morir, están familiares y amigos que sufren, a veces impotentes, siempre asustados, y familiares y amigos que viven un complejo proceso cuando pierden a un ser querido por un suicidio consumado. El estigma y la vergüenza inundan su experiencia de duelo posterior, dificultando la elaboración de la trágica experiencia que han vivido.

Es necesario y es urgente romper el silencio, eliminar el estigma y el tabú asociado a esta realidad. Un silencio que ha de ser roto por todos, por los que sufren, por las personas de su entorno, por los supervivientes de tantas pérdidas, por los profesionales de la salud, de la educación, de los servicios sociales, de los medios de comunicación... por cualquier persona que desee ayudar a las personas que sufren una crisis de esta naturaleza. Rompe el silencio. Habla sobre ello, atrévete a mirar de frente estas situaciones sin miedo, sin vergüenza, y ayuda así a prevenir y a participar en la recuperación porque todos podemos hacer algo para aliviar el sufrimiento. Todos podemos ayudar de distintas maneras.

En nuestra comunidad existen recursos para realizar una intervención especializada posterior. El Teléfono de la Esperanza es uno de esos recursos y, en este momento, se está trabajando, dentro del III Plan de Salud Mental de La Rioja que se activará en los próximos meses, en el desarrollo de un programa de atención y prevención del suicidio, específico, especializado y global, que nos ayude a poder atender y acompañar a las personas que, cerca de nosotros, están sufriendo tanto.

Tenemos ante nosotros un reto importante y una tarea inmensa: reducir el sufrimiento humano. Y esto no es algo que dependa en exclusiva de instituciones o autoridades es, sobre todo, una tarea personal, nos exige abandonar nuestro individualismo y acercarnos al otro, a los otros, buscando, compartiendo, pidiendo y dando.

Queremos contar también contigo, porque necesitamos una sociedad más sensibilizada hacia el sufrimiento mental y/o emocional, porque vivir el sufrimiento es parte de la vida y paliar el sufrimiento es cosa de todos.

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