Miedo

CHAPU APAOLAZA

Hacerse adulto es aprender a mirar el miedo. La mañana en que me lo encontré tenía quince años y un día, que es una edad muy buena y muy mala para casi todo. Mi padre me levantó de la cama, me mandó vestir de limpio y me llevó a correr mi primer encierro. Bajamos la Cuesta de Santo Domingo alejándonos de la seguridad que nos había acompañado hasta el momento, de mamá, de todo lo razonable, para enfrentarnos a esa metáfora terrible de la vida que es el encierro de Pamplona. Entre esas dos paredes de piedra pasarían en breve seis toros como montañas de hueso, de pelo y de pitones. No era un miedo imaginado de fantasmas en el armario y de crujidos del suelo de madera de la casa: ante mí, se erguía la amenaza palpable y física. Cuando somos críos, o no atendemos a lo que de verdad nos puede hacer daño, o nos inventamos el espanto a enemigos que no existen. A la oscuridad, por ejemplo. Quizás cuando de verdad nos convertimos en hombres y mujeres es cuando nuestros temores adquieren el poso de lo razonable.

Pulula por el espacio de pensamiento actual un huracán de memes para anular el miedo. Para pensar que no pasa nada. Y es mentira. Crecer es mirar de frente al miedo. Como primer mensaje después del naufragio social del terrorismo, como primer clavo ardiendo al que se agarra una sociedad arrasada por el mal, el mensaje de 'No tinc por' tiene un pase, pero no aguanta la reflexión. La negación del miedo es el último gesto de debilidad de una sociedad anestesiada, de una sociología que sestea en el color pastel de algunos filtros de Instagram, incapaz de muchas cosas, hasta de saberse asustada. Alguien confundió la batalla de la determinación, la sangre fría y la dignidad con el de la inconsciencia. En el encierro y en la vida, el que no tiene miedo no es un valiente; es un imbécil. El valor supone sobreponerse al miedo, no ignorarlo. Ignorar la amenaza terrorista porque no se puede vivir con miedo me parece la manera más banal de autodestruirse, o de esperar a que nos destruyan.

Otra cosa es cambiar los hábitos, retraerse o ceder. Esa elección es de cada cual, pero claro que tengo miedo igual que tengo dolor. En el encierro siento más angustia porque cada mañana en la Cuesta siento estrecharse a mi alrededor el cerco de la desgracia. Siento, calculo, que algún día, si sigo y no me quito, voy a cobrar en serio. Lo mismo me sucede en la vida, aunque de la vida no pienso quitarme. También sé que llegará el día en que pierda de verdad. He visto suficiente como para que ese miedo me asalte en las situaciones más extrañas. Se hace realidad de pronto en la imagen de una furgoneta subiéndose por una acera. A veces, sentado en un cine recuerdo el sonido de un AK47 o me sorprendo calculando dónde escondería el bebé si irrumpe un tipo armado en el restaurante. También en un volantazo en el coche con las niñas o en una llamada de médico después de unos análisis. El miedo me hace estar alerta y de alguna manera me hace apreciar la extrema inconsistencia del espejismo de la vida. La felicidad se hilvana en los retales frágiles, esquivos e improbables de lo que somos, pero hay que defenderla. Valentía, sí, pero con miedo.

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