La mentira vertical

CARLOS MIGUÉLEZ VARA

J. es un buen amigo, santanderino, vástago de una familia culta y de recia raigambre montañesa. Hace algún tiempo, mientras tomábamos unas cañas en uno de los bares que nos hacen más agradable la rutina diaria, hablamos sobre múltiples temas y cómo no, de la situación actual de nuestro país, especialmente del tema catalán.

Uno de sus comentarios, muy atinado, me hizo reflexionar acerca de los hechos que hemos vivido en España en los últimos lustros y que por desventura seguimos padeciendo. Lo he bautizado como «la mentira vertical». Hace referencia a la historia más reciente de su tierra cántabra, pero es igualmente aplicable a cualquier rincón de España.

Me contaba que cuando los españoles nos estrenábamos en democracia y se empezaba a gestar el ente (no lo llamo como realmente me gustaría) conocido como «Estado de las Autonomías», poca gente en la entonces provincia de Santander estaba por la labor; no sólo eso sino que la opinión de la calle y entre la clase más culta y formada era mayoritariamente contraria; los automovilistas lucían la pegatina «Santander, mar de Castilla» y nadie discutía aquella realidad.

Pero comenzó la manipulación, orquestada desde grupos reducidos más o menos «progres». Poco a poco la idea fue penetrando en el tejido social santanderino y se fue imponiendo como una verdad histórica e inapelable. Finalmente, las demás fuerzas políticas locales, para no quedar descolgadas de la marea se subieron al carro apoyando la segregación, aún en contra de la opinión de sus bases y mucha gente de la comunidad.

El resto fue sencillo; con unos cuantos profesionales adictos a la causa en distintos niveles de enseñanza y una maquinaria de propaganda bien engrasada, una o dos generaciones después a nadie se le ocurre discutir que Cantabria es una realidad histórica, política, social, cultural etc. Anterior a los romanos y anterior a la propia historia. No sólo eso, también cuenta con su propio grupúsculo nacionalista, el «Conceju Nacionaliegu Cantabru» y en cuanto Podemos alcance el poder, será obligatorio el uso del «cantabru» a todos los niveles.

Como colofón, mi amigo J. me decía que esta historia se había gestado desde arriba hacia abajo y en ningún caso era el resultado de un clamor popular; la manipulación de la gente se produciría durante el proceso (o «procesu») y se mantendría hasta hoy. Se me ocurrió llamarlo mentira vertical.

El caso santanderino apenas tiene relevancia, pero si lo aplican ustedes al País Vasco y a Cataluña, la cosa cambia y mucho; en la primera de las regiones, una mentira vertical (o si quieren, la manipulación grotesca e interesada de la Historia) le costó la vida a cientos de inocentes. En la segunda, lo estamos viviendo actualmente. Y no sólo eso sino que están imponiendo sus tesis de manera acelerada y muy peligrosa en Baleares, Valencia y Navarra, ante la inane respuesta de Gobierno, Parlamento y demás fuerzas sociales.

Incluso en la bella Asturias se quiere imponer el bable como lengua obligatoria contra el criterio de los más sensatos de la región, se ven pintadas con el lema «Asturies yé Nación» y la toponimia en español está despareciendo de carreteras y pueblos ; los pocos letreros que subsisten en castellanos se tachan...

Pues eso, sigamos con las mentiras verticales que salpican el bendito estado autonómico y a ver qué queda de nuestra querida España.

Quiero terminar diciendo que en mi opinión, somos muchos los ciudadanos españoles quienes pensamos que el estado de las autonomías ha llegado demasiado lejos, no ha servido para lo que inicialmente se pretendía (esto es, encajar definitivamente a Cataluña y el País Vasco), ha generado multitud de problemas artificiales e innecesarios y en suma, precisa una revisión muy a fondo. Ah, y no le tengan miedo a la palabra «recentralización»; por eso no se es facha.

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