Memoria colectiva

La figura de Miguel Ángel Blanco representa el recuerdo de una sociedad que reaccionó como nunca antes frente al terror

Miguel Ángel Blanco fue secuestrado y asesinado hace veinte años por ETA. Sus captores justificaron lo que pretendían hacer con un comunicado en el que, a cambio de la liberación del joven concejal, exigían el acercamiento de los etarras presos. Cientos de miles de personas se hicieron protagonistas de las concentraciones y manifestaciones más variadas que se hayan visto contra el terrorismo. Fue la primera vez que la mayoría de ellas salían a la calle contra ETA. La gente trataba de aferrarse a un hilo de esperanza, mientras en el fondo temía lo peor. Y lo peor heló el aire que se respiraba a duras penas por la tensión, en una espera segundo a segundo, con la hospitalización y el parte de fallecimiento. Nunca el rechazo ciudadano al terrorismo etarra se había manifestado más unánime y activo que ante el secuestro de Miguel Ángel y tras su asesinato. Nunca la reacción política se había mostrado más decidida, con el lehendakari Ardanza y la Mesa de Ajuria Enea dispuestos a que la izquierda abertzale pagara con su orillamiento definitivo el sadismo liberticida al que daba cobertura. Quién hubiera pensado entonces que ETA subsistiría dos décadas más, que no renunciaría al uso de las armas hasta quince años después, y que no las entregaría hasta ayer mismo. Pero a los meses del secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco la banda terrorista ya estaba urdiendo su enésima envolvente sobre el mundo nacionalista, que cuajaría en el anuncio de la 'tregua' de 1998 y en el Acuerdo de Estella. La 'ducha escocesa' entre el más cruel de los asesinatos, la persecución de las formaciones no nacionalistas y la simulación de la apertura hacia las nacionalistas surtió sus efectos. De un tiempo en el que primaba la unidad democrática frente al totalitarismo etarra se pasó a la divisoria entre los partidos de vocación nacional y las opciones abertzales. A la divisoria entre el desarrollo consensuado de la Constitución y el Estatuto y la gestación de una vía soberanista que afloraba como pretendido trueque para la «ausencia de violencia». Hoy, veinte años después del asesinato de Miguel Ángel, ETA y la izquierda abertzale se niegan a condenar o a admitir la extrema injusticia del daño causado, y es más que probable que nunca lo hagan en esos términos. Todas las víctimas del terrorismo etarra merecen la misma consideración, pero es evidente que Miguel Ángel Blanco forma parte del recuerdo vivo de una sociedad que hace veinte años reaccionó como nunca lo había hecho.

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