MEDIAS TINTAS

LUIS JAVIER RUIZ - DAÑOS COLATERALES

Cuando éramos pequeños nos insultábamos de verdad. No eran palabras gruesas, eran términos infantilizados susceptibles de herir hasta límites insospechados al rival de turno. Lo típico: gordo, feo, tonto, imbécil... Pero con ganas. También había quien se lo curraba más. Todavía recuerdo que una vez me llamaron iluso. No tenía ni idea de qué querían decir, pero sonó tan mal que juré vengarme. Luego volvimos a clase y entre 'sociales' y 'pretecnología' (inmensamente pre y escasamente tecnológica) se fue pasando el calentón.

Ahora nos hemos dejado llevar por lo políticamente correcto. No solo en el insulto (donde se puede llegar a agradecer) sino también en la crítica, en el reproche. Empezamos sustituyendo imputado por el más 'light' investigado y hemos acabado llamando intolerantes a bandas radicales, a grupos extremistas. Las cosas o son blancas o son negras. La equidistancia, cuando de condenar hechos graves se trata, nunca es buena ya que, como el silencio, eleva a la máxima potencia el margen interpretativo. En ese escenario, se puede llegar a deducir cierta connivencia con aquello que, precisamente, se quiere oprobiar.

El sábado, en La Barranca, un grupo de neonazis (ni gamberros ni intolerantes) hizo pintadas en el cementerio civil de Lardero. Nazis. Fascistas. Supremacistas de coeficiente intelectual minimizado. Con ellos no valen las medias tintas. Pero tampoco con quienes, desde ese mismo sentimiento de superioridad, recurren a la amenaza y a la coacción contra quienes no llevan, por ejemplo, un lazo amarillo.

Porque es muy fácil cargar contras los primeros, pero parece más difícil situarse junto a las víctimas de los segundos. Las medias tintas son malas, sí, pero mucho peor es la doble moral.

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