LA MATRACA

PÍO GARCÍA

El otro día mi hijo y mi sobrina estaban jugando a la pelota en el salón. Les dije que tuvieran cuidado y que se fueran a su habitación. Les dije que como rompieran algo lo iban a pagar y les iba a castigar. Se lo repetí tres o cuatro veces. Las normas estaban claras, pero siguieron jugando.

Rompieron un jarrón. Era un jarrón de belleza muy discutible, un jarrón de mierda, uno de esos jarrones que estorban y no sirven para nada, quizá regalo de alguna tía o quizá comprado en un chino para sujetar un ramo de flores, pero esa no era la cuestión: acabó por el suelo hecho añicos.

Me enfadé. Les grité. Les ordené que recogieran los cascotes, los encerré en su habitación, les prohibí jugar a la tablet en todo el día. Fue un 155 duro, sin posibilidad siquiera de convocatoria electoral: suspendí su autonomía y les intervine las huchas hasta reunir el importe necesario para comprar otro jarrón.

En ese momento apareció por casa la comunidad internacional, formada por dos abuelas y un tío. De inmediato sintieron simpatía por aquellos pequeños sujetos oprimidos y seguramente torturados, cuyos llantos emocionantes y patéticos podían más que cualquiera de mis fríos argumentos, racionales y taxativos. Yo, sin embargo, sonreía amargamente al recordar que hace pocos años, en idénticas situaciones, aquellos cascos azules que hoy se mostraban tan dialogantes y comprensivos se hubieran quitado la zapatilla y vulnerado, uno por uno, todos los puntos de la convención de Ginebra.

Me fui de casa hasta los huevos de todos y sin saber cómo íbamos a restaurar la convivencia. Vine al trabajo echando pestes y me puse a escribir esta columnita. No tenía ni idea de qué asunto tratar; sólo sabía que, por un puñetero día, no me apetecía hablar de la matraca esa de la independencia.

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