Matar a Egon Schiele

CHAPU APAOLAZA

El mundo avanza. Relativamente. Egon Schiele corrió mucho pero hizo una carrera corta. Siempre será considerado un pintor joven, porque la vida no le dejó llegar a viejo. Me está mirando ahora desde una fotografía con dos ojos profundos, oscuros y una córnea redonda y blanca; una córnea de bestia. Schiele era el hijo de un ferroviario. Primero, pintó trenes, y pronto cortó las cintas del corsé de los establecido para abrirse a un arte nuevo y distinto. Son curiosas las necesidades de algunas personas de seguir su camino. Yo acabo de cambiar la orientación de la mesa de mi despacho y soy otro. Schiele fundó con Klimt -su maestro-, Kokoshka y Moser, la edición vienesa de la Secesión, un movimiento emancipado de lo oficial que tuvo su eco en varios países y que celebra su centenario.

Boris Izaguirre reconoce en Schiele el primer 'milennial'.

Pintaba con el carbón perpendicular al papel, solamente con el ejercicio de la articulación del húmero, y se expresaba en una línea tan potente que casi se independizaba de su propia voluntad, así que el trazo seguía su camino sin correcciones, de manera definitiva, hasta el final, y lo poseía sin solución de continuidad. La línea, gruesa y abundante era indiferente a que la modelo se moviera o incluso saliera del cuarto.

Las personalidades decididas se meten en líos muy pronto. En su primera exposición, un crítico dijo de ella que el que entrara debería estar advertido de que era de pésimo gusto. La oscuridad de Viena fue tapándole los poros, hasta que se largó con Wally, su novia, a vivir a un pueblo. En 1912, lo detuvieron por pintar muchachas demasiado jóvenes y con demasiada poca ropa. Le condenaron a tres días de cárcel y quemaron su cuadro. Afortunadamente para Schiele, no había Twitter. Se quejó del episodio en los títulos de sus siguientes obras, como estos: 'Me siento purificado, no castigado' o 'Reprimir a los artistas es asesinar una vida en gestación'.

La sensualidad se fue enredando en las sábanas hasta que se volvió en él una obsesión. La línea Schiele, devorada por sí misma, abría en la obra fracturas abiertas, conceptos astillados. Esa línea hablaba de la destrucción física y psicológica del hombre. En los cuatro años que duró -murió de gripe española en 1918- dibujó una constelación de desnudos de hombres delgados y mujeres rotundas, orgullosas de unos cuerpos que, engarzados en abrazos fríos y poses absurdas, desafían las reglas del espacio. En ocasiones se hacen livianos y, en otras, pesadísimos. Ahora creo que el mundo se detuvo entonces, con su muerte. Un siglo después, los cuadros de Schiele se han expuesto en el Metro de Londres y les han puesto un cartel sobre las partes sexuales que dice 'Lo sentimos'. Las consideran pornográficas. Lo han matado por segunda vez. Resulta descorazonador que desafiara las reglas del arte y compusiera toda su poética para que alguien un siglo después siga temiendo que alguien en algún momento corra el riesgo de asomarse a sus obras y ver en ellas un culo. También en el trasero un tipo se ha tatuado el rostro de Puigdemont con aspecto 'quincedejulístico' de haber dormido poco. Lo ha hecho porque le admira «por quedarse con todos». Dijo Schiele: «Los artistas siempre vivirán». Veremos.

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