MÁSTER EN MENTIRAS Y OTRAS FALSEDADES

MARCELINO IZQUIERDO EL CRISOL

Aconsejaba el dramaturgo francés Jules Renard que, de vez en cuando, es imprescindible decir la verdad para que te crean cuando mientes. Hay sobre la mentira sentencias o aforismos tan contrapuestos como que la mentira tiene las patitas muy cortas o que una mentira repetida mil veces termina convirtiéndose en verdad. Millones de másteres podrían ser cursados, evaluados y plasmados en trabajos fin de máster sobre el embuste, la falacia, el engaño, el enredo o la patraña y, aún así, seguro que quien los aprobara en buena ley seguiría sucumbiendo a la tentación de, a veces, no contar la verdad. Es la debilidad una característica inherente al ser humano, que suele mentir entre una y cuatro veces al día de media, incluyendo alguna «mentirijilla piadosa». Sin embargo, cuando la mentira se transforma en una seña de identidad, en una forma de vivir y de relacionarse con los demás, en una contumaz estrategia para mantener ciertos privilegios o el poder cueste lo que cueste, esta debilidad terrenal se transforma en algo más que una patología.

Porque cuando se toma como paradigma extremo 'El príncipe' de Maquiavelo y su máxima de que el fin justifica los medios, cuando la falsedad se practica como quien se sumerge en el método teatral de Stanislavski, cuando se piensa exactamente igual que el personaje al que se interpreta, cuando se interactúa de manera espontánea con otros actores y sin saltarse el guión establecido aunque sea fraudulento, algo muy grave le está sucediendo a esa sociedad que cree a pies juntillas los argumentos del impostor o, incluso, los defiende con razón o sin ella. Tenemos lo que nos merecemos.

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