Magisterio

Se han creído su mentira y no debe extrañar que se crean autorizados a enseñarla como verdad

LORENZO SILVA

Se quejan desgarradamente los independentistas de que unos periodistas, cumpliendo con su deber de informar y dar cuenta de lo que es noticia, hayan desvelado la identidad de los docentes catalanes contra los que ha iniciado acciones la fiscalía por presuntos delitos de odio contra los hijos de guardias civiles cuya educación, en el seno del sistema público financiado con los impuestos de todos los ciudadanos, tenían encomendada. Puede cuestionarse, con carácter general, si conviene o procede difundir la identidad de quienes, no habiendo sido condenados aún, gozan de presunción de inocencia. Y lo que es incuestionable es que no cabe penalizarlos ni escarnecerlos. Pero dar cuenta de quienes son y de lo que se les imputa es algo que vemos a diario con otros muchos hacia quienes se dirige la acción de la justicia, por lo que resulta difícil entender por qué ha de hacerse aquí una excepción. El hecho es noticioso, los presuntos delitos merecen grave reproche social, y además se trata de un servicio público que debe rendir cuentas ante la ciudadanía.

Sin entrar a concretar las acusaciones individuales -que en cada caso habrán de probarse, garantizándole al interesado el derecho a defensa, antes de incriminarlo-, es muy dudoso que tantos chavales se hayan inventado a la vez la historia de que fueron señalados y maltratados por ser hijos de quienes eran, y más inverosímil aún que sobre la base de dicha invención se hayan solidarizado con ellos cientos de alumnos del centro. En términos indiciarios, parece haber base suficiente para abrir una investigación judicial, sobre hechos que no son en absoluto desdeñables. Quien así lo vea, piense por un momento qué sentiría si en el centro de enseñanza al que envía a sus hijos les dijeran a estos que su padre pertenece a un colectivo de animales.

Y no sólo es que sea poco creíble un concierto semejante para mentir en chavales apenas adolescentes, sino que lo que cuentan resulta tristemente verosímil, habida cuenta del relato que ha calado en ciertos sectores de la sociedad catalana. Según dicho relato, lo que pasó el 1-O fue el choque entre un movimiento inmaculado -aunque se apoyara en leyes de tramitación secreta, aprobadas con vulneración de los derechos políticos de millones de catalanes, y buscara su ratificación en un referéndum amañado, para instituir un gobierno de facto sin separación de poderes y por tanto sin control alguno- y una horda de esbirros -aunque acudieran a los colegios con orden judicial y estuvieran y estén sometidos a un Estado de derecho que corre-girá todo exceso que pudieran haber cometido-. De tanto repetírsela, se han creído su mentira, y no debe extrañar que se crean autorizados a enseñarla como verdad a los chavales.

Algunos creemos, empero, que el magisterio es otra cosa.

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