Maduro y Puigdemont

No respetan límite en defensa de la convivencia y rivalizan en artimañas para sortear la legalidad

DIEGO CARCEDO

Nicolás Maduro y Carles Puigdemont es probable -no lo sé- que no se conozcan personalmente; que conste en sus precarias biografías nunca se han dado la mano ni se han cruzado una sonrisa cómplice en sus peripecias políticas. Pero comparten muchas actitudes y muchas experiencias cuyo paralelismo les coloca en un plano de similitud en el tiempo y en la forma que les garantiza quedar unidos para siempre en el recuerdo.

Ambos accedieron al poder por vías democráticas aunque sin haber pasado previamente por las urnas, pero desde entonces se empeñan de forma obstinada en manejarlo a su voluntad, suprimiendo la independencia del Legislativo y el Judicial, sin respetar leyes ni reglas elementales que ni siquiera algunos dictadores de espadón sobre la mesa osan saltarse. Sus situaciones difieren en algunos detalles pero en la práctica ambos comparten el desprecio a los derechos de sus conciudadanos.

Rodeados por sus acólitos, unidos por la sed de poder y fanatismo revolucionario por muchos, no respetan límite en defensa de la convivencia y rivalizan en artimañas para sortear la legalidad e intentar convencer a los más ingenuos de que sus malabarismos políticos les confieren marchamos de legalidad. Quizás no se conozcan pero seguramente comparten en silencio admiración mutua en su empeño por dividir y enfrentar a sus conciudadanos.

Sobre los dos pesa la incertidumbre sobre el futuro que les aguarda. Maduro es evidente que caerá más pronto que tarde de su pedestal de bravucón extemporáneo. No es posible mantener a un pueblo con demagogia barata y mientras tanto condenarlo a pasarlas canutas no para llegar a fin de mes sino para empezarlo con lo más indispensable en la despensa y en el cuarto de baño.

El caso de Puigdemont tiene la ventaja de que sus retos a la razón y al Estado de Derecho siempre van a estar paliados por una libertad y una legislación que paradójicamente él intenta burlar. Su suerte política está echada y condenada al fracaso que suponen el ridículo y la discordia pero, a diferencia de Maduro, sobre él no pesa ninguna amenaza militar ni de nada que las leyes democráticas no garanticen.

En Venezuela los diputados, que no consta que hayan cometido ninguna violación constitucional, viven la lealtad a la democracia y al sistema que la sustenta, bajo el terror que Maduro y sus matones han convertido en su fórmula mágica para conservar la Presidencia. La vida allí vale poco, lo mismo que el derecho que teóricamente la garantiza.

Puigdemont y Maduro comparten también el rechazo internacional a sus proyectos y actuaciones políticas. Ni el régimen venezolano ni el secesionismo catalán han logrado el respaldo de los organismos supranacionales ni de los gobiernos extranjeros. Probablemente ninguno de los dos se ha percatado que con sus mentiras y triquiñuelas pueden engañar a unos cuantos pero nunca al mundo entero.

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