La madurez de la pintura

«Algo no funciona en nuestro país para que pintores con esta trayectoria tengan que buscar el reconocimiento en espacios que antes servían de lanzadera y no de meta»

Durante estos días se puede visitar en Calahorra la exposición de las obras seleccionadas y premiadas en la vigésimo primera edición del Premio Nacional de Pintura Ciudad de Calahorra; diecisiete piezas, que hacen de ésta la convocatoria con menos cuadros expuestos.

Francisco Carpena, el ganador, ha triunfado por la variedad de registros de ejecución, en la que aúna y combina los recursos de la pintura con los del dibujo. Las grafías construyen el espacio visual sobre una sustancia cromática que anima las zonas de transición en manchas planas. La obra, además de atractiva, constituye un claro ejemplo de actualización del paisaje urbano.

Francisco Segovia, la Mención especial del jurado, presenta un concepto pictórico muy sólido, (posiblemente el de mayor calado de esta edición) basado en el conocimiento del dibujo, del espacio y de la profundidad, que proporciona mediante los recursos de la perspectiva y del ilusionismo óptico. En su composición alterna, resueltamente y con gran oficio, el valor dual del soporte, en tanto que fondo y superficie, y extrae de él numerosos recursos plásticos: opacidades, transparencias, raspados, lijados y un largo etc. El resultado que logra ofrece, en su conjunto, un poderoso valor icónico.

Jesús Rivero, que ha ganado una de las Menciones de honor, crea un juego constructivo de luces en los diferentes planos de los edificios. Claridad, concisión y limpieza son tres de sus características formales. Recuerda en el tratamiento pictórico a Aquerreta y, en el tema, a aquellos pintores norteamericanos de los años treinta del siglo pasado que retrataban con tan genuina propiedad ambiental los solitarios lugares del Medio Oeste americano.

Aitor Rentería hace un homenaje, precisamente, a un singular pintor norteamericano, Edward Hopper. La iconografía es deudora de su célebre tema , pero la ejecución revela la fascinación que este pintor guipuzcoano debe de sentir por el pintor alemán Gerhard Richter.

Podría seguir hablando de más autores, pero prefiero aprovechar este espacio para agradecer a mis compañeros del jurado, que este año ha sido renovado en su mayoría, la labor de seleccionar, valorar y premiar las obras; bajo este triple ejercicio subyacen los dos objetivos fundamentales de nuestra tarea: el de articular el montaje de una exposición con un argumento pictórico estimable y el, no menos importante, de ser intermediario en el mecenazgo que ejerce el Ayuntamiento de Calahorra con la adquisición de la obra ganadora.

Nuestros criterios siempre han dado prioridad a la calidad. Y ésta, en el ejercicio de la plástica, se basa en la técnica, la expresión y en su afortunada adecuación. Su resultado es aquello que llamamos estética o, dicho de otro modo, la belleza, cuyo concepto queda hoy en entredicho.

En otras ocasiones he afirmado que existen tres clases de concursos de pintura: los que descubren, los que consolidan y los que consagran. Los primeros revelan la aparición de jóvenes talentos, los segundos reafirman el trabajo de un pintor en plena madurez y los terceros reconocen el trabajo de toda una vida.

El de Calahorra se ha caracterizado por premiar la obra de jóvenes creadores. Valga el ejemplo destacadísimo de Hugo Fontela, que con dieciocho años ganó la novena edición y desde entonces su meteórica carrera artística no conoce límites: ha ganado el Premio al mejor artista en la Feria ESTAMPA, ha sido Premio Príncipe de Girona de las Artes, y los actuales Reyes de España inauguraron una monográfica de su trabajo americano en el Museo de la Abadía de Montserrat hace ya seis años, e incluso ha trabajado junto al prestigioso arquitecto brasileño Oscar Niemeyer.

El que fuera Premio Cruzcampo de pintura, centrado en la hostelería y hoy llamado Premio Ciudad de Calahorra, cuya temática es libre, evoluciona y se adapta a los tiempos y, a un mismo tiempo, también es fiel reflejo de la situación artística actual de nuestro país. Por algo es un concurso nacional de pintura.

Hace unos años eran jóvenes pintores quienes lo ganaban. Este año, al igual que el pasado y que en los de las ediciones más recientes, la edad de los ganadores oscila entre los cincuenta y sesenta años. Y el Premio especial del jurado, concedido por vez primera en las veintiuna ediciones del concurso debido a la calidad entre las obras finalistas, lo ha recibido un veterano pintor que viene de ganar entre otros premios el BMW de pintura, el Cuidad de Ávila o el del Ejército del Aire, y tiene obra en numerosas colecciones de diputaciones y museos, entre ellos el Municipal de Madrid o el Iberoamericano de Huelva.

Como calagurritano y creador de este certamen me honra que pintores de esta talla aspiren a nuestro premio, pero también debemos pensar que algo no funciona en la gestión cultural de nuestro país para que pintores con esta trayectoria tengan que buscar el reconocimiento en espacios que antes servían de lanzadera y no de meta.

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