Macron como síntoma

Un político novato se ha hecho con el poder en un país harto del viejo partidismo

JUAN CARLOS VILORIA

Emanuel Macron, un político francés semidesconocido para la opinión pública, ha pasado en dos años de ser un aplicado ministro del gobierno socialista de François Hollande a presidente de la República francesa, apoyado en un partido creado sobre la marcha que ha arrasado con mayoría absoluta en la Asamblea nacional. Los franceses le han entregado el gobierno a un político novicio, desconocido e inexperto. Y todo el poder a un partido -'En marche'- con un programa difuso, ambiguo, sin contrastar y sin referentes en las democracias occidentales. Una apuesta contra lo conocido. Eso ha ocurrido en casa de nuestro vecino y frecuente inspirador de la política nacional. Donde los grandes partidos tienen una tradición y arraigo mucho mayores que entre nosotros. Donde la vida política no es carne de tertulias sino objeto de análisis de innumerables centros de estudios, fundaciones, universidades, y centros de prospección sociológica. Es decir, en una democracia madura que avanza siempre una o dos décadas por delante nuestro. El electorado francés ha borrado de un plumazo todo el espectro clásico de partidos que se repartían la influencia y el poder en la V República: la derecha y sus varias familias, al Partido Socialista y sus legendarios dirigentes, al Frente Nacional siempre amenazante y a los viejos experimentos de centro, siempre a la espera de una oportunidad. Emmanuel Macron un 'parvenu', procedente del mundo de los altos funcionarios y de las finanzas estaba allí en el momento apropiado y en el lugar preciso para recoger el hastío, la indignación, cansancio, saturación, de un país harto de la pugna partidaria y su guerrilla particular por encima de los intereses de la mayoría y de los intereses nacionales.

La fórmula Macron es lo de menos, aunque no es irrelevante. Se le ha llamado extremo-centro; el propio Macron se define como social-liberal. Ha triunfado un experimento dirigido a sumar votos de la derecha y de la izquierda en un partido transversal. La vieja división izquierda/derecha está perdiendo significado porque el electorado quiere resultados, no alineamientos partidistas. El nuevo hombre del Eliseo habla de modernización, de quitar los cerrojos a la economía, de transparencia, de anticorrupción. Un lenguaje en positivo. Es sustancial porque explica el derrumbe de los partidos que entienden la política como una competición privada por el poder sin capacidad de acuerdos y consensos. Entre nosotros no hay más que revisar el encono partidista que se ha plasmado en las divergencias a la hora del recuerdo de Miguel Ángel Blanco para visualizar un panorama profundamente partidista y dividido en intereses de clan. Macron es el síntoma de una sociedad cansada de guerrillas. Francia siempre va por delante nuestro así que, si no se recupera la política del consenso y del interés general, al final tendremos también nuestro Macron.

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