Machotes

FÉLIX CARIÑANOS

Viana, 11 de noviembre de 1913. En un enfrentamiento entre carlistas y liberales a tiros y navajazos mueren tres hombres, el jefe de los liberales y dos jornaleros carlistas y resultan heridas dos docenas de personas más. La prensa navarra, sabedora del enconado enfrentamiento de las dos candidaturas tanto en las sesiones de Ayuntamiento como en la calle, venía anunciando el suceso desde hacía días con motivo de las cercanas elecciones municipales fijadas para el 9 de noviembre. En medio de la tragedia desatada en la Plaza de los Fueros un grupo de tradicionalistas gritaba «¡A la Alberguería!, ¡a la Alberguería!». Retaban así al bando contrario recordando que en esa llanura, localizada al sur de la ciudad, el general Zumalacárregui había derrotado a las tropas cristinas en 1834, setenta y nueve años antes. Un año después de 1913 tuvo lugar el juicio, en el cual declararon más de cien testigos. Tras varias sesiones todos los procesados fueron declarados en libertad. Diario LA RIOJA remata su amplia información acerca del acontecimiento de manera lacónica: «La absolución no ha causado sorpresa». Para que vean ustedes que en todas las épocas se han cocido habas. Eran los tiempos que dieron lugar a coplas como esta: «Me llaman el Carlistilla/ y he nacido en El Redal;/ prefiero pedir limosna/ antes que ser liberal».

Sevilla, madrugada del Día de Reyes, 2018. El recuerdo de la anterior aventura me vino el otro día a la cabeza al haberme enterado por la prensa de que dos docenas de seguidores del Sevilla y del Betis se habían citado para zurrarse en las inmediaciones del puente de la Barqueta, que seguramente algunos de ustedes atravesaron para acceder a la Exposición Universal de Sevilla 1992. Otra de desafíos. Cuentan que iban encapuchados y vestidos de negro, delicadamente armados de hachas, cuchillos y palos. Todos eran hombres, claro está, y supongo que españoles, reeditando el contenido de aquella jota Navarra de postguerra: «Tengo un hermano en los rojos/ y otro con los nacionales/ y los dos se tiran tiros/ y la que llora es mi madre». Madre, qué jarca (sustantivo proveniente del lenguaje marroquí, traído por los militares a la península= gente, grupo, en plan peyorativo).

Dan grima estos hinchas fanáticos que estropean frecuentemente un bello deporte que distrae a muchos ciudadanos y aporta, bien entendido, un ambiente excelente en villas y ciudades, con los consiguientes paseos gastronómicos. Y menos mal que estas dos docenas de energúmenos han mostrado buen gusto al ir a arrearse junto a un lugar tan lírico como el Guadalquivir y con indumentaria oscura, tan de moda, mientras que los palos probablemente coincidirán con los bates de béisbol, tan americanos e imperialistas ellos (los bates). Ay me acuerdo de Federico: «Voces de muerte sonaron / cerca del Guadalquivir». Qué tropa.

Ayer comentamos esta triste epopeya durante el almuerzo. Buenaventura el anarquista habló a punto de hincar el diente a unas patatas con chorizo: «Esos no son más que unos fanáticos sin cabeza». Intervino mi Maite, la vitoriana: «Esos viven todavía en la época de los dinosaurios y, por desgracia, todavía no se ha inventado un meteorito que se los lleve por delante». Las patatas con chorizo, cojonudas.

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