Machismo sin fronteras

La ola de escándalos se viene extendiendo gracias a que muchas mujeres han perdido el miedo a denunciar

DIEGO CARCEDO

Algún día habrá que escribir la historia del machismo pero quizás sea demasiado pronto porque todavía no ha terminado su último capítulo. Estos días se están revelando por todas partes, empezando por EE UU y acabando en Pamplona, hechos como el de 'la manada', nombres y detalles, sobre prácticas de violación y acoso, las extralimitaciones propias del machismo en la era de las nuevas tecnologías. Además del tradicional maltrato doméstico, que no cesa, ahora lo que alarma con caracteres de escándalo mundial es el chantaje sexual desde la superioridad y el poder generalmente sobre las mujeres. Nada nuevo sin embargo.

Parece imposible que lo que ahora se va desvelando de cuanto estaba ocurriendo en los centros de trabajo, en los estudios cinematográficos, en los parlamentos y hasta en las sacristías haya permanecido tanto tiempo sumido en el silencio y en el secreto protegido por el miedo de unas, la desfachatez de otros y la vergüenza. Fue Harvey Weinstein, el grosero y prepotente superproductor de Hollywood, quien se excedió tanto en su condición de acosador compulsivo con cuantas jóvenes desfilaban por su despacho en busca de trabajo o de legítimo estrellato, que se destapó la caja de los escándalos. Claro que Weinstein ha compensado un poco la infamia de sus abusos activando sin proponérselo la alerta sobre la existencia de unos métodos de abusos de la superioridad con las mujeres y enseguida de la proliferación inimaginable de sujetos de su misma calaña. Weinstein es físicamente repulsivo según los expertos, pero eso ni disculpa ni explica nada. Dustin Hoffman es más agraciado, no parece que le falten opciones de seducir, pero también recurrió supuestamente al acoso.

La Ley del macho que detenta poder y lo usa como chantaje para conseguir favores femeninos no empieza ni acaba en Hollywood, donde la cama y la cámara parecen estar tan vinculadas. También sin salir de EE UU, donde el puritanismo sólo es fachada, el acoso se está demostrando que es tan frecuente como deplorable. Acoso hay en todas las modalidades, hombre-hombre, mujer-mujer, mujer-hombre pero sobre todo, el más vil, hombre-mujer. Se da en todos los ámbitos, empezando por la Casa Blanca y terminando en el Capitolio.

La ola de escándalos que se viene extendiendo gracias a que muchas mujeres han perdido el miedo a denunciar comportamientos abusivos de familiares, jefes y hasta representantes políticos, sacude a las dos cámaras, al Senado y al Congreso a la vez, y al partido Republicano y al Demócrata por igual. Tras ocho años como senador por Minessota, Al Franken, republicano, tuvo que hacer las maletas y abandonar Washington. Lo mismo que dos representantes, uno de cada partido. Mientras tanto, el presidente Trump también enfrenta denuncias similares pero, para «dar ejemplo», ha anunciado que apoya la reelección de Roy Moore, a quien doce mujeres acusan de propasarse con ellas.

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