EL LIBRO DE QUEJAS

MANUEL ALCÁNTARA

El que manda no se equivoca nunca, se decía en otros tiempos, pero ahora nos preguntamos quién les ha mandado mandar. Muchos de los mossos catalanes se lamentan ante sus superiores por haberles dejado de herencia una situación indefendible que tienen que seguir defendiendo cada día. Dicen que iban en parejas, armados sólo con el uniforme y la gorra para enfrentarse con disidentes y detallan el plan de Trapero para no impedir el 1-O. Las situaciones ingobernables son siempre culpa del Gobierno por no haber sabido gobernarlas ni encausarlas. Mientras, Junqueras acata el artículo 155 para acelerar su salida de prisión. Estaba cantado, aunque algunos desentonarán más que otros, porque el llamado 'problema catalán' nos abarca a todos. Iceta, que tiene un gran sentido práctico, reclama que el Estado perdone parte de los 52.000 millones que debe Cataluña. Hay que favorecer la confianza y la reconciliación y la mejor receta es el dinero, que es la posibilidad inmediata de lo que apetecemos.

Se preguntó Bertolt Brech qué hace el agujero cuando el queso ha desaparecido y ahora nos preguntamos todos, incluidos los que daríamos gustosamente nuestra mano derecha por ser ambidiestros. El libro de quejas es más gordo que el viejo diccionario de la Real Academia, ahora sustituido por esa pastilla mágica que se maneja con un solo dedo. Puigdemont sigue en la brecha que él mismo ha abierto y le pide a la justicia belga escolta para venir a votar. ¿Será cierto eso de que Dios nos ha dado el divino don de la palabra para poder ocultar nuestros sentimientos? Hay más embusteros que ventanas con banderas o sin ninguna bandera, para que no entremos al trapo. La noticia es que la lluvia cae y cae. Esta vez a gusto de todos porque España estaba seca y reseca. A semejanza de algunos de sus numerosos políticos. O de todos.

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