El libro del día

«El libro sobrevive. El libro de papel también, incluso dentro de un entorno hostil que muchas veces solo busca y premia la productividad y la satisfacción inmediatas. No hay que darse por vencidos»

A la Biblioteca Pública de La Rioja le falta algo importante. En la entrada no hay escaleras exteriores. Hay que disculpar al arquitecto, Luis Barrón. En 1890 construyó un edificio pensado para albergar la antigua Fábrica de Tabacos, no una biblioteca. ¿Para qué las escaleras?

Lo cuenta Adam Zagajewski. En algunas ciudades europeas, los arquitectos que proyectaron los edificios de las bibliotecas propusieron la instalación de amplias escaleras al aire libre porque comprendían la gravedad de un problema. El difícil trance que supone para los lectores adaptarse al mundo exterior, perdonarle su áspera imperfección. Es un momento muy especial. Salir a la luz del día después de varias horas de lectura. Durante un minuto, nos dice el escritor polaco, el mundo real se desdibuja. Los álamos se mecen irreales, los coches que cruzan las calles parecen perdidos. Durante un minuto «el mundo parece una superchería, un vulgar compromiso, un rescate pagado a una banda de delincuentes por un creador bondadoso pero inepto. Las aceras están torcidas. La tierra es redonda. El hombre es mortal. La libertad, dudosa».

Por eso las escaleras. Para esperar sentados a que se reajuste la realidad, el cauce estrecho de la vida cotidiana. Como las escaleras que presiden la fachada principal del Instituto Práxedes Mateo Sagasta. Una generosa escalinata de diez gradas, diseñada también por Luis Barrón en los últimos años del siglo XIX. Como si el arquitecto supiera que el centro educativo iba a ser al mismo tiempo sede de la Biblioteca Provincial. Sus fondos ocuparon la planta baja del edificio hasta 1988. En el silencio habitado de su sala pasé muchas tardes de mis años de bachillerato. Tardes casi clandestinas, hurtadas a los deberes de clase y a la juventud. Quería escribir una novela. Y aunque no llegué a redactar ni una sola línea, aquella inquietud me llevó de libro en libro. No se me ocurre mejor guía de lectura que la curiosidad y las ganas de saber. No tienen fin.

Una década más tarde estaba sentado en otras escaleras mucho más monumentales, las del exterior de la Biblioteca Nacional de Madrid. Un poco aturdido por el ruido y las luces del Paseo de Recoletos, después de pasar un día más en la penumbra del salón general. Una sensación temporal de desconcierto que puede sentir cualquier lector, en el sillón de su casa o en el banco de un parque, al abandonar las páginas de un libro que nos ha llevado muy lejos. El escritor francés Marcel Schwob lo definió como una «conmoción imaginativa». Le ocurrió en un vagón de tren, junto a la luz temblorosa de una lámpara, leyendo La isla del tesoro. Al despertar del sueño del libro la aurora meridional teñía de rojo las ventanillas del vagón. Ante sus ojos estaba la cara enorme de John Silver y el rostro azul de Flint, podía oler la botella de ron y sentir el viento marino, escuchaba el tintineo de las cadenas de los ahorcados y veía el canto vibrante de la hoja de acero del malvado timonel cerca de la cara de Jim Hawkins, junto al mástil de La Hispaniola. En aquel momento Schwob supo que había sucumbido al poder creador de la literatura.

Luis Landero lo supo con el primer libro de su propiedad, Las mil mejores poesías de la lengua castellana, incrédulo ante el tesoro que tenía entre las manos, feliz como acaso nunca en la vida. A Landero le gusta leer siempre con un lápiz en la mano, para subrayar y escribir notas en los márgenes. Y pasearse entre sus libros, como un viaje sentimental por su pasado imaginario, por su memoria de lector. Para la generación del escritor extremeño la construcción de una biblioteca personal era una especie de emancipación. También para mi generación, veinte años más joven. Un camino de enriquecimiento cultural y crecimiento vital. Pero ya no lo será para mis hijas, nativas digitales entregadas en cuerpo y alma a las nuevas tecnologías, a la atracción permanente de los teléfonos móviles, las redes sociales de Internet y las series de televisión.

Lo lamento, claro. Pero no sé hasta qué punto ese sentimiento es la nostalgia de un coleccionista antiguo, apegado al fetichismo de los libros encuadernados, al gusto de tocar, oler, anotar y avanzar por las páginas de papel o si, realmente, con la revolución digital, que tantas ventajas y oportunidades ofrece, estamos perdiendo cosas irreparables. Nuestra capacidad para fijar la mirada y el pensamiento más allá del instante presente, por ejemplo. También el desarrollo de las aptitudes imaginativas, de creación y de entendimiento. O el sosiego, la concentración y el recogimiento necesarios para el conocimiento y la reflexión profunda. Y ese placer sin límites, insustituible, que solo se alcanza a través del esfuerzo de la lectura sostenida.

El libro sobrevive. El libro de papel también, incluso dentro de un entorno hostil que muchas veces solo busca y premia la productividad y la satisfacción inmediatas. No hay que darse por vencidos. Hay que plantar cara. Y celebrar, más que el día del libro, el libro del día. Como el pan de cada día. Un libro esperando en la mesilla de noche, abierto encima del sofá, asomado en la mochila de viaje; un libro junto al café, entre las manos en el autobús o en el tren, debajo del brazo, por la calle. Como un signo de reconocimiento cómplice, de pertenencia a una fraternidad común, nada secreta. La resistencia.

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