Para la libertad

SYLVIA SASTRE

Casi a la vez que se celebraba la última reunión del G-20, Europa y el mundo han perdido a dos grandes factores de la convivencia europea, los derechos humanos y el progreso social: Helmut Kohl fallecía a los 87 años; días después, mientras a éste se le rendía solemne homenaje póstumo, lo hacía Simone Veil, con 89 años. Ambos representan una impresionante generación que ha luchado por el resurgir de Europa sobre las ruinas humeantes de la Segunda Guerra Mundial con un mensaje de esperanza, confianza y respeto hacia los demás, perspectiva plural, lúcida y de progreso.

Ambos, a su manera, sobrevivieron marcados por las atrocidades de la locura humana: ella por el Holocausto que derrumbó su familia y su vida, él perdió la dignidad de su país y seres queridos. Pero ambos resurgieron convencidos de que el odio, el resentimiento, la auto conmiseración y particularismos no eran el mejor camino. Ambos han trabajado para que Europa sea lo que es con la esperanza de que continúe avanzando tras ellos.

Kohl ha legado la reunificación de una Europa desmenuzada tras la gran conflagración, afrontando riesgos políticos y costes económicos que solo un hombre de Estado como él supo conducir defendiendo la grandeza de su país y promoviendo, a la vez, el interés de Europa como espacio común, demostrando que los intereses no se contraponen si se parte del respeto y confianza. Convicciones que resuenan tras su muerte ante un G20 en el que Europa parece reencontrar el protagonismo y fuerza que la han construido.

En ese contexto, Simone Veil ha sido un fuerte, consistente e imbatible motor por la libertad, los derechos humanos de todos y de las mujeres, frente a la desesperanza y pesimismo de algunos de nostalgia derrotista. Rescatada del crimen nazi, de carácter 'difícil' y decidido, ha sido ministra y presidenta del Parlamento europeo simbolizando siempre la perseverancia, el coraje y la resiliencia de los que quieren creer sin tregua a pesar de los horrores, reencarnando la esperanza frente al error humano y la creencia en las personas. Hija de una familia judía comprendió desde su experiencia el peligro de los radicalismos identitarios y el valor de la verdad (aunque incómoda) frente al olvido, así como la firme voluntad de rehacer una vida a pesar del destino devastador, rompiendo moldes bajo un lema: debemos vivir conjuntamente. Como ministra ha tomado medidas valientes y pioneras de integración hacia los más frágiles, la familia, los hándicaps, la seguridad social, el derecho de las mujeres a escoger la interrupción voluntaria del embarazo (ley de 1974), la ley de bioética del 1994, la lucha contra la toxicomanía y prevención del sida, las medidas de conciliación entre vida familiar y profesional, la salud en prisión, etc. Los derechos humanos, libertad y, sobretodo, la lucha contra el silencio de las víctimas la han guiado.

Hemos perdido dos personas singulares con su gran legado de lección de vida personal hacia los demás en pro de la libertad, derecho a decidir, respeto, confianza y unión que fortalece a una Europa de mentalidad demócrata por la libertad y los derechos humanos. Es nuestra responsabilidad continuar con su obra titánica de supervivencia, coraje, clarividencia y unión respetando lo cercano pero haciendo grande un contexto común.

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