Lecturas incómodas

El mayor bribón puede quedar impune e incluso ser bien visto siempre y cuando se exprese sin molestar a nadie

JOSÉ MARÍA ROMERA

No es la primera vez que 'Matar a un ruiseñor' es perseguida en las aulas estadounidenses. Ahora ha sido en una escuela de Biloxi (Mississippi), pero el año pasado fue en un condado de Virginia donde alguien propuso retirar de los planes de estudio la novela de Harper Lee al considerar que el lenguaje de los personajes podía herir la sensibilidad de los estudiantes. Ocurrió lo mismo con otras narraciones de Mark Twain. No importa que la obra de Lee haya hecho por la igualdad racial más que mil discursos, manifestaciones y leyes. Tampoco que constituya uno de los edificios literarios más éticamente ejemplares del siglo XX, un canto a la decencia y al respeto humano que sigue conmoviendo a lectores de todas las culturas. Lo relevante, al parecer, es que incomoda a estudiantes y padres porque en ella aparecen epítetos vetados por los manuales de corrección política al uso. El criterio moral del norteamericano medio no deja de sorprendernos. En nombre de la libertad es capaz de defender a brazo partido el libre acceso a unas armas de fuego que pueden causar, como hace unas semanas en Las Vegas, la matanza de decenas de personas, y al mismo tiempo censurar una pieza literaria de primer orden para impedir que las palabrotas dañen los delicados oídos adolescentes.

La moralidad posmoderna ha instaurado un estilo de acción que consiste en fomentar la mojigatería antes que implantar el bien y perseguir el mal objetivo, el que verdaderamente origina injusticia, desdicha y sufrimiento. El mayor bribón puede quedar impune e incluso ser bien visto siempre y cuando se exprese sin molestar a nadie. Lo que persigue la corrección política no son metas morales, sino sensaciones de confort. De esa manera se van eliminando del lenguaje público, sea el literario o el político, todas las expresiones hirientes hasta convertirlo en una insípida papilla que ni nutre ni deleita, pero se digiere con facilidad. La consigna es no incomodar. La divisoria entre los novelistas malos y buenos -como tituló el padre Ladrón de Guevara su abracadabrante índice de libros prohibidos- no está tanto en los valores que proclamen unos y otros, sino en la forma en que los expresen. Hipocresía se llama la figura. Pero no es algo exclusivo de la sociedad estadounidense. La costumbre ya ha penetrado, sigilosa pero decididamente, en nuestras propias escuelas.

Sin necesidad de tribunales censores ni de decretos curriculares que lo impongan, muchos docentes empiezan a recomendar lecturas anodinas por miedo a que de otro modo se les acuse de adoctrinar, ofender o escandalizar a los estudiantes. Hay todo un mercado de la literatura juvenil donde rige un manual de estilo gazmoño ideado para no perturbar a nadie. Es una forma como otra cualquiera de acabar con la cultura, que es lo mismo que acabar con la independencia y el sentido crítico de los lectores.

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