UNA LECCIÓN CATALANA

CAUTIVO Y DESARMADO - PABLO ÁLVAREZ

Pase lo que pase hoy, Cataluña deberá ser una lección para todos. Por lo que ha pasado, por lo que puede pasar. Y por lo que con toda seguridad está pasando.

Cataluña ya no es Cataluña, sino Cataluñas. Dos pueblos partidos por una raya que atraviesa todas las calles de la región. La raya es invisible, pero palpable. Se toca cada día. Ayer, en un chico de apariencia normal insultado a Inés Arrimadas por la calle. Que la llamara «fascista» es casi lo de menos. Lo de más es que le dijo «en el barrio no te queremos».

Nosotros. El barrio somos nosotros. La región somos nosotros, el pueblo somos nosotros. Cataluña somos nosotros. Cuando una mitad casi exacta de un pueblo piensa eso, significa que el otro medio está compuesto por otra cosa que no es pueblo. Algo que no está muy claro, pero que es sin duda menor. Una molestia o, más probablemente, un enemigo.

Ésa es la lección que nos deja Cataluña para décadas, ojalá que para siempre. Que si uno se deja llevar por una idea hasta el límite, esa idea le consume y le deshumaniza. Le hace olvidar que las cosas nunca tienen tanta importancia; por ejemplo, a media Cataluña le ha hecho creer que si cambia la bandera comería postre cada día en una especie de Arcadia mágica.

Ninguna idea o, mejor dicho, ninguna ideología es tan importante. Uno puede, o debe, luchar por las cosas a su alrededor, por que mejoren sus condiciones de vida, por los derechos y los deberes. Cuanto más tangible sea la lucha, mejor. Pero cuando esa lucha empiece a convertir al otro en enemigo, es que algo va mal. Ésa es la lección catalana.

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