El laberinto catalán

Las declaraciones de los líderes independentistas en el sentido de que las cosas no estaban maduras para la ruptura me parecen terribles; eso se piensa antes

Si siempre es atrevido hacer pronósticos electorales, en este caso supone una temeridad pues es muy difícil averiguar cómo ha interiorizado la ciudadanía catalana los vertiginosos y traumáticos acontecimientos de estos últimos meses. Lo que sí me atrevo a decir es que después de la Declaración Unilateral de Independencia (DUI) y la negativa, en el último minuto, del expresidente de la Generalitat a convocar elecciones, la única solución que quedaba era aplicar el artículo 155 de la Constitución. Aceptar el hecho consumado habría significado el final de la CE, del Estatuto de Autonomía, de los tratados europeos, es decir, de la democracia. En este sentido, merece hacer una breve reflexión sobre el denostado art. 155. Este precepto es casi copia literal del artículo 37 de la Constitución alemana y se contiene, de una manera o de otra, en las constituciones federales y recibe el nombre de 'coacción federal'. Esto es así porque cualquier Estado con amplia descentralización sería ingobernable si los componentes de la federación -estados, länder o comunidades autónomas- pudiesen incumplir gravemente la Constitución o las leyes generales y el poder federal no tuviese instrumentos para obligar a que esas normas se cumplan. Por eso es un contrasentido apostar por un Estado federal y sostener que el artículo 155 debe desaparecer de la Constitución.

Además, es una posición peligrosa porque en el caso de no existir, al poder federal no le quedaría más remedio que aplicar otros instrumentos coactivos más dramáticos como serían, en nuestro caso, los estados de excepción o de sitio. Es lo que sucede, por ejemplo, en Estados Unidos cuando un estado se niega a cumplir una ley federal y el Gobierno envía a la Guardia Nacional, o lo que ocurrió en España durante la Segunda República, que cuando la Generalitat proclamó el Estado Catalán se declaró el estado de guerra. Lo importante es no llegar a estas situaciones, pero conviene conocer ciertas cosas.

Aclarado lo anterior, lo cierto es que Cataluña se encuentra inmersa en una campaña electoral de evidente trascendencia. Tanto es así que, aunque algunos partidos declararon que no son «legítimas», se han apresurado, sin excepción, a presentarse a las mismas, lo que no deja de ser una contradicción a la que nos tienen acostumbrados ciertas formaciones políticas. El que se presenta está aceptando la validez de las mismas, el Estatuto de Autonomía y la Constitución española de 1978, normas que les sirven de amparo legal. Es interesante dejar esto claro, pues se trata de unas elecciones autonómicas para elegir una Cámara y un Gobierno autonómicos. No se trata, pues, para nada de un plebiscito, ni de un referéndum, ni una consulta para «consolidar» una fantasmagórica república. No sigamos engañando al sufrido personal.

Por lo que se conoce hasta el momento, cada partido se presenta por su cuenta y no aparece ninguna coalición de relieve y el famoso Junts pel Si se ha evaporado, como también el PDeCAT, que ahora se llama Junts per Catalunya. La oferta es muy variada, pues junto al anterior compiten ERC, la CUP, el PSC, C's, el PP y alguno más. Otras novedades son que la coalición ERC/PDeCAT se deshace, que Podemos se 'coaliga' con los 'comunes', y que el PSC integra los restos de Unió e independientes de izquierda. Ante este panorama, y al margen de cómo se repartan los votos y los escaños, las complicaciones serias empezarán, salvo sorpresas, el día 22 de diciembre y los siguientes. Se pueden adelantar diferentes hipótesis, todas ellas enrevesadas. Si queda en cabeza ERC -como vaticinan las encuestas- lo más probable es que los republicanos busquen alianzas con los 'Comunes', e intenten una aproximación con los socialistas, lo que supondría olvidarse de la independencia y del derecho de autodeterminación.

Otra opción, menos probable, es que se inclinasen hacia la CUP y la nueva franquicia de Puigdemont y volver a las andadas, cosa que no creo que suceda. Si surgiese una sorpresa y quedase en cabeza un partido de los llamados 'constitucionalistas' -todos existen gracias a la Constitución-, se podrían dar otras soluciones hacia el centro izquierda, de carácter transversal, alrededor del PSC o C's, según el resultado. En el fondo, las alianzas o coalición las hacen los electores con su voto, y por eso es ingenuo preguntarles a los partidos con quién van a formar mayoría después de la consulta. La decisión de los 'Comunes' de romper su alianza con el PSC en el Ayuntamiento de Barcelona es, en mi opinión, un error de bulto y puede complicar aún más la situación.

Estaría indicando que se inclina a pactar con ERC en el futuro. El problema es que no son suficientes huevos para hacer la tortilla y, en ese caso, tendrán que buscarse la vida en territorios harto complicados. Tampoco es fácil una mayoría C's, PP y PSC, como proponen los primeros, ya que los socialistas no están por la labor de crear frentes sino de buscar fórmulas transversales.

Reconozco que lo único que tengo algo más claro es que no creo que después de las elecciones se vuelva a las andadas de las aventuras y mentiras, pues en ese caso la reacción del Estado sería similar. Lo que Cataluña necesita es un periodo de estabilidad que permita su recuperación económica -es un desastre que se hayan ido más de 2.000 empresas-; restañar las grietas sociales y, si esto es así, hay que tomarse en serio la senda de las propuestas, la negociación, los pactos y las votaciones correspondientes. Las últimas declaraciones de los líderes independentistas en el sentido de que las cosas no estaban maduras para la ruptura, o que hay otras soluciones diferentes, me parecen terribles, pues eso se piensa antes, pero en todo caso mejor el arrepentimiento que el empecinamiento. Esperemos que sean sinceros y podamos encontrar una solución beneficiosa para el conjunto de España y, por supuesto, para los catalanes. Lo que requerirá sus trámites.

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