La Justicia debe reconocernos libres

Intuyo que de la reforma no resultará la ley integral que las mujeres necesitamos. Pero nosotras, valientes, seguiremos luchando para que nuestras hermanas sean libres

Cuesta creer que aún a día de hoy las mujeres tengamos que seguir peleando por ser reconocidas como seres humanos. Quizás al lector le parezca exagerada la expresión, pero la condición de ser humano supone ser libres e iguales, y lamentablemente las mujeres estamos lejos de serlo. Solo no reconocernos libres puede explicar la exigencia de violencia o intimidación en el delito de agresión sexual, incumpliendo las recomendaciones de la ONU, y únicamente no reconocernos iguales explica la negativa del Ministro de Justicia a incorporar mujeres a la comisión para la reforma de los delitos contra la libertad sexual.

La sentencia de 'la Manada' ha hecho visible el machismo que impregna la Justicia española. Resulta incomprensible que un poder Judicial que condena por robo con violencia la sustracción de una barra de pan con un empujón o que aprecia amenazas en canciones de rap sea tan reticente a observar violencia o intimidación en las violencias sexuales.

Recientemente una sentencia afirmaba que la frase «o lo haces tú o lo hace tu hija», refiriéndose a una niña de 9 años, no suponía intimidación a su madre. Si la intimidación es la «amenaza inequívoca de un mal», ¿qué amenaza mayor para una madre que hacer tal daño a su hija? Con la ley actual se podrían castigar todos estos casos como agresiones sexuales, pero continuamos lastrando el legado de una tradición patriarcal, que hasta no hace mucho tiempo tipificaba la violación como delito contra la honestidad, es decir, contra el pudor o la castidad. Repasando resoluciones judiciales podemos encontrar diversas muestras de la propensión a juzgar la 'honestidad' de la víctima como la justificación de una agresión porque ella, vistiendo minifalda, «pudo provocar» al agresor (Audiencia de Lérida, 1989). Los juicios por violaciones suelen convertirse en procesos contra la víctima, admitiéndose pruebas como informes de espías a la mujer y enfocándose continuamente en la reacción de la víctima. «Si ella no se resistió, quizás no le disgustaba tanto» es el atroz pensamiento que subyace para no castigar como agresión cuando la víctima no se resiste. El año pasado, la Audiencia de Cantabria esgrimía este argumento en una sentencia particularmente dolorosa porque se refería a una niña de tan solo cinco años.

Aunque nos queda mucho por conquistar, se han hecho grandes avances en la materia especialmente gracias al impulso de abogadas feministas. El término 'delitos contra la honestidad' persistió hasta 1989, año en el que se reconoció como constitutivo de violación el acceso carnal diferente al vaginal. Es decir, hasta 1989 la penetración anal no se consideraba violación, suponemos porque el himen quedaba intacto. Paradójicamente, en aquel momento sí se calificaba de violación el acto «cuando la persona se hallare privada de sentido o cuando se abusare de su enajenación» (antiguo art. 429.2). Al contrario, el actual Código Penal denomina abuso a la penetración de una mujer inconsciente, incluso si el agresor ha anulado su consciencia previamente, lo cual constituye violencia en el derecho comparado.

Tanto las leyes como sus interpretaciones requieren una reforma que ponga en el centro nuestra voluntad, nuestra libertad, que no hable de consentimientos viciados, sino de situaciones coercitivas. El Código Penal se aleja de la realidad cuando tipifica la penetración sin consentimiento y sin violencia o intimidación. ¿En qué situación exenta de intimidación puede darse tal supuesto, excepto cuando la víctima está inconsciente? ¿Y por qué motivo supone la privación de consciencia que una violación no se califique de tal modo en la ley penal?

Ser mujer supone vivir en una situación constante de intimidación. No vuelvas tarde. No camines por callejones oscuros. Ten cuidado. Desde tus padres hasta el Ministerio de Interior nos hacen enfocar nuestra seguridad en el propio cuidado. Los medios de comunicación insisten en el relato del miedo. Esta misma semana se especulaba con que una chica asesinada a pedradas habría sufrido tal suerte por resistirse a una violación. Pero la justicia, incapaz de entender qué es ser mujer, sigue exigiéndonos valentía y resistencia.

Cuando volvemos a casa no queremos ser valientes, queremos ser libres. Es hora de que las leyes y la justicia nos declaren libres. Por eso la reforma que hemos de abordar debe suponer que la falta de consentimiento en una relación sexual dé lugar a su calificación como violación. Debemos abandonar además el paradigma del consentimiento desde un rol pasivo a uno activo: del no es no al sí es sí.

Necesitamos, más allá de una reforma penal, una ley integral de violencias sexuales que aborde la educación y la prevención, una ley con perspectiva de género, en cuya redacción participen mujeres de forma paritaria y permanente. También es necesaria la formación del poder judicial en cuestiones de género. Hoy el Gobierno aborda una reforma penal de manera equivocada, sin mujeres, cuando precisamente la raíz del problema es precisamente la falta de consideración de la mujer como sujeto político, como ser libre e igual. Cabe presagiar que su reforma no será la ley integral que las mujeres necesitamos. Pero nosotras, valientes, seguiremos luchando para que nuestras hermanas sean libres.

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