INTÉRPRETES EN BABEL

MANUEL ALCÁNTARA

Imposible lo está dejando el independentismo para ellos y para los que aspiramos a entendernos. Puigdemont quiere ser un mártir, pero no encuentra los verdugos apropiados y de momento ha dicho que no convocará elecciones. Todas las cartas están marcadas y nadie sabe a cuál hay que quedarse. «Inteligencia, dame el nombre exacto de las cosas», pidió Juan Ramón Jiménez, que además de un gran neurótico fue y sigue siendo un gran poeta. Lo de Cataluña no tiene nombre y nadie puede dárselo. Incluso el Rey ha cancelado todos sus compromisos porque está esperando que en España pase algo gordo, ya que no sabemos hilar fino, a pesar de sus avisos. Los sucesos se precipitan, unos detrás de otros, sin aguardar turno y se pisan los talones, mientras el Govern catalán lo tiene todo dispuesto para declarar la independencia y organiza manifestaciones contra la aplicación del artículo 155. Rajoy anuncia una comisión al mando de una especie de ministro, entre comillas, para que detenga el desguace. Será, según todos los indicios, alguien de perfil más técnico que político, pero lo importante es que sea catalán. La negativa de Puigdemont a acudir al Senado se une a la declaración de Junqueras, que asegura que no tiene más opción que declarar la república.

El pleno desacuerdo se ha conseguido. No sin esfuerzo, porque una buena parte de Cataluña a lo que aspira es a seguir siendo española, sin dejar de ser catalana. El hombre que busca Rajoy quizá sea una mujer. No lo sabemos los periodistas, porque eso de escribir sobre el presente siempre es temerario. La actualidad no se está quieta y la medida entrará en vigor mañana. Hay que estar «prevenidos y no asustados», pero ambas cosas son compatibles. Yo, por ejemplo, me he acostumbrado a alternarlas. Los traductores de Babel somos así.

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