INNECESARIO

MARÍA JOSÉ GONZÁLEZ - EL TRAGALUZ

Tras lo visto por la televisión sobre la manifestación de Barcelona del pasado sábado me reafirmo en lo que pensé días antes: que la presencia del Rey era una decisión inapropiada ya que lo único para lo que sirvió finalmente fue para proyectar al mundo la imagen de una España dividida y crispada, que grita a sus máximas instituciones, y en la que radicales y populistas han secuestrado el consenso que todos nos habíamos dado hace 40 años dictaminando qué es lo que hoy es correcto política y socialmente. Lo suyo, claro, de modo que quienes no compartimos sus ideas o sus modelos de país somos unos reaccionarios.

Esa progresía, la que se autoasigna el derecho moral a expedir carnés de demócratas, apeló a la libertad de expresión para justificar los desprecios al jefe del Estado. Pues bien, desde mi libertad de expresión opino que sobrepasaron todos los límites y que no tienen vergüenza.

Pero también desde el derecho de opinión que me asiste creo que Don Felipe se equivocó. Primero por dejarse chantajear, pues condición para que pudiera asistir fue aceptar que la Corona quedase relegada a un segundo plano de la cabecera de la marcha cuando es la institución que nos representa a todos los españoles, incluidos a quienes la detestan. Y, segundo, por exponerse innecesariamente a un acto manipulado políticamente y condenado a fracasar en su objetivo: mostrar unidad contra el terrorismo. No se pudo. El 26A fue una oportunidad perdida para clamar por la paz. Las pitadas, los abucheos y las pancartas contra el Rey pudieron con el fragor contra el terror como se leyó en todas las portadas de los periódicos nacionales y extranjeros al día siguiente.

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