Un inglés y la procesión

FÉLIX CARIÑANOS

Esta semana me encontraba en el archivo municipal de mi pueblo cuando salió entre las cuentas municipales una factura que databa de 1924. Provenía de Imprenta y Librería Hijos de Merino, Portales, 76 (Logroño). Informaba de un cargo de treinta y cinco pesetas por quinientos programas impresos para repartir con motivo de las fiestas de la Virgen de Nieva en septiembre. Como ya llevaba un buen rato anotando datos guardados en papeles bastante más antiguos que yo, determiné retirarme a un bar para degustar un pincho.

La tele del local emitía un sonido bastante alto y entonces mismo salía del mesón un amigo mío que lanzó una exclamación de hastío hacia el tema del que trataba el programa. Un señor de unos sesenta años, que resultó ser inglés, esbozó una sonrisa y dijo al camarero en un buen castellano: «No me extraña que el hombre hable así; llevo varias semanas en España y es abrumadora la cantidad de noticias que ocupa el mismo tema». Al caballero, sin embargo, no le llamaba demasiado la atención esta circunstancia porque a él España siempre le había parecido un mosaico de tierras muy distintas entre sí. Desde la perspectiva que le daban sus visitas a distintas regiones había sacado la impresión de que un gallego se parecía poco a un vasco, un catalán a un andaluz, un riojano a un valenciano.

Frecuentemente le llamaba la atención la escasa receptibilidad de algunos españoles a reflexionar siquiera sobre las opiniones que los extranjeros tienen sobre ellos en determinados temas. Comentaba que hace poco, hallándose en un bar de Logroño, se fijó en los nombres que mostraban los pinchos, bastantes de ellos referidos a culturas de fuera importadas aquí; por ejemplo, una de las tapas se llamaba Mr. Bean. El caso es que, habiéndose dirigido a un hombre de parecida edad que tenía al lado, le dijo: «Creo que ustedes los españoles han vendido su alma al turismo extranjero», y observó, con cierta sorpresa, que el aludido se apartaba de él y se trasladaba al lado contrario del local. Todavía más, como el británico le pidió disculpas por si le había ofendido, el hispano le dio a entender con gestos de manos que no quería saber nada de su criterio. Por su parte, el anglosajón me hizo sabedor de que él mismo procedía de una zona agrícola inglesa que vivía en buena parte del turismo y que allí habían tenido que amoldarse también, como en España, a mejorar infraestructuras, precios, actividades, si querían mantener las visitas tanto de ingleses como de extranjeros.

Así que, después de este cambio de impresiones, regresé a la paz del archivo para leer en el folletillo de la Imprenta Hijos de Merino que en aquellas jornadas hubo Fiesta de la Jota con cantadores y bailadores, novilladas con vacas procedentes de la ganadería municipal brava, carreras en sacos, en burros y de muchachas con cántaros en la cabeza y varias colecciones de fuegos artificiales que se adquirieron a Amelivia. Entre tanto, en el bar continuaba la tele parlando en alto del mismo asunto, lo cual me hizo recordar la vieja copla: «Hay tontos que paicen tontos,/ hay tontos que no lo son,/ hay tontos que paicen listos/ y joden la procesión».

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