INFIERNO

PÍO GARCÍA LOCO POR INCORDIAR

El periodista Eugenio Scalfari, fundador del diario italiano La Repubblica, ateo y amigo personal de Jorge Bergoglio, publicó en Semana Santa una entrevista con el pontífice en la que el Papa Francisco le confesaba que no creía en el infierno. No había llamas ni condenación ardiente: las almas de los pecadores se esfumaban sin más, privadas -eso sí- del gozo eterno de la contemplación divina.

Se armó la de dios es cristo.

Minutos después, el Vaticano desmentía oficialmente la entrevista. Vaya usted a saber: el tal Scalfari, un histórico periodista, tiene ya 93 años y conversa con sus entrevistados a puro huevo, sin tomar notas y sin utilizar grabadora ni cámaras ni telefonitos ni esas chorradas. Luego lo escribe según le viene a la memoria.

De todo este barullo teológico, me resulta sorprendente (y hasta un poco enternecedora) la necesidad eclesiástica de mantener la iconografía medieval del infierno dantesco: las llamas y los calderos y los gemidos y los demonios por ahí danzando mientras atizan las brasas. Una escenografía de beato emilianense que tiene su correlato fantástico en el paraíso de las huríes medio en bolas que esperan a los muyahidines muertos en combate (un paraíso muy machista: qué pensarán las pobres huríes al ver ascender a los cielos a esos barbudos malolientes de pésimos modales). Incluso hay mucha gente -dos millones según el último recuento oficial- que piensa que el paraíso terrenal se conseguirá fácilmente y sin dolor alguno plantando una aduana en Fraga y otra en Vinaroz.

Y, entre tanto, los agnósticos de toda religión e ideología miramos atónitos este mundo hipertecnologizado que parece regresar al medievo a toda velocidad. He ahí nuestro infierno.

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