Independentismo roto

Conmocionado aún por las demoledoras confesiones de Carles Puigdemont, el independentismo se afana en recomponer la figura e intenta taponar las sangrientas heridas que el 'procés' ha dejado en su seno. Pero, por mucho que se esfuerce en disimular, la imagen de unidad que pretende construir ha sido demolida por los explosivos mensajes del expresidente. La representación del prófugo de la Justicia, en efecto, se acabó. La insistencia del presidente del Parlament en que «es y será el único candidato» parece un simple un brindis al sol para relajar la tensión en el independentismo. Esas palabras de Roger Torrent no dejan de ser un amable envoltorio a su verdadera advertencia a Puigdemont: «Avanzaremos si somos capaces de ser generosos». Una invitación a que se eche a un lado. La necesidad de sumar fuerzas para investir a un candidato viable y recobrar así el poder es el único cemento que aglutina, hoy por hoy, a los secesionistas. De hecho, ya empiezan a barajar aspirantes alternativos en una confirmación implícita de que los mensajes derrotistas de su líder autoexiliado respondían a la realidad. La propuesta de Oriol Junqueras para combinar una presidencia simbólica y otra efectiva de la Generalitat no deja de ser una artimaña dialéctica para ofrecer una salida airosa a Puigdemont. Y una asunción 'de facto' de que su hipotética investidura, aparte de un esperpento, es ya una batalla perdida. No obstante, está por ver si este aparente movimiento del independentismo supone o no una renuncia a permanecer instalado en la realidad virtual y la ilegalidad. Cataluña necesita un Gobierno que le devuelva la estabilidad institucional, permita desactivar el 155 y se preocupe de las auténticas prioridades de sus ciudadanos. El desplome del turismo, que ha caído un 14% en diciembre,debería ser un acicate para constituir cuanto antes un Ejecutivo que respete la ley.

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