Independencia sobrevalorada

La vanguardia 'indepe' arrastró a miles de ciudadanos catalanes de calçotada y Barça

JUAN CARLOS VILORIA

Después del descarrilamiento del tren del 'procés' y el fracaso del 'catalanazo', uno de los efectos inmediatos ha sido la casi desaparición de la palabra independencia del relato en Cataluña. De repente la palabra mágica que en sí misma reunía los valores más elevados de la política como libertad, democracia, paz, legitimidad, pueblo, quema en las manos de los agitadores profesionales. El catalanismo clásico que había pisado irresponsablemente el acelerador del lenguaje ha echado el freno.

En unos meses se superó el derecho a ser consultado, por el derecho a decidir. Luego se convirtió al soberanismo y sin solución de continuidad al derecho de autodeterminación y al derecho a la independencia unilateral. Como el rebufo de un bólido lanzado a toda velocidad, la vanguardia independentista arrastró tras de si cientos de miles de ciudadanos que pasaron de ser catalanes de calçotada y Barça como máxima expresión de su identidad -lengua aparte- a abrazar el icono supremo de la insurrección. Así surgió ese extraño segmento social de independentistas no nacionalistas, abducidos por la propaganda que sintetizaba en esa palabra el remedio a todos sus problemas. Y es que la independencia como slogan ha sido capaz durante siglos de canalizar y catalizar las energías dispersas de muchas sociedades.

Luego la realidad, la dura realidad de tantos territorios una vez alcanzado el falso paraíso, ha puesto las cosas en su sitio. La realidad es que las empresas entran en pánico, las redes familiares se sienten amenazadas, y la vía de agua que se abre en el barco independentista amenaza hundirlo en lugar de la airosa navegación en solitario que prometieron los impulsores. En Euskadi que con Ibarretxe estuvo coqueteando con la independencia bajo la fórmula de estado libre asociado, ahora la palabra independencia se ha convertido también en tabú para los nacionalistas. El lenguaje se ha llenado de eufemismos como derecho a ser consultados, a defender la identidad y a construir el futuro. Pero ya lo apuntó el sucesor de Ibarretxe advirtiendo que en un mundo globalizado la independencia clásica no era práctica sino un concepto decimonónico.

Está claro que la independencia que sirvió como banderín de enganche durante el capítulo de la descolonización de los imperios español, británico, francobelga o la reciente implosión del bloque soviético y yugoslavo está hoy sobrevalorada hasta por los nacionalistas. Decía un reciente editorial de 'Charlie Hebdo' titulado, 'Memez o muerte': «Puesto que hay más de doscientas lenguas en Europa, ¿porque no crear doscientos nuevos países Y tantas declaraciones de independencia como quesos y vinos hay en el continente?». Intentar emular las epopeyas de Simón Bolivar, Emiliano Zapata, y otros libertadores en la Cataluña interdependiente, mestiza y democrática del siglo XXI solo lleva a la melancolía.

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