LA IMPOSTURA DEL 8 DE MARZO

CARMEN NEVOT

Me estoy preparando y concienciando de que dentro de poco más de una semana se celebrará un año más, y van demasiados, otro día internacional de la mujer trabajadora. En 1975 la ONU tuvo la brillante idea de institucionalizar una jornada que quizá entonces, sólo entonces, en sus orígenes, pudo tener sentido. Personalmente, me crispan los 8 de marzo, me enfada y me indigna nos dediquen un día, sólo un mísero día, a todas las mujeres que nos dejamos la piel en casa y en el trabajo o sólo en casa o sólo en el trabajo, a aquellas con hijos, sin hijos, solteras, casadas, en compañía o sin ella, a aquellas que tiran como mulas de su hogar monoparental o a las abuelas que dejan sus doloridos cuerpos y su alma en el cuidado de sus nietos, y a aquellas que no; a las de derechas, a las de izquierdas, a las de centro, a las víctimas de violencia de sus parejas, a las pensionistas que el sábado salieron a las calles en protesta por el 0,25, a las que ni son pensionistas, a las amas de casa viudas con pagas míseras.... a todas las mujeres.

No quiero más 8 de marzo. Rotundamente, no. Deseo que entre todas nos hagamos a la idea de que la verdadera igualdad llegará cuando nos la creamos y trabajemos en ella, cuando adquiramos conciencia de que no somos menos, que nadie por ser mujeres nos asignó un determinado rol, cuando les miremos a ellos desde el mismo plano, sin complejos, cuando no nos pongamos límites por el hecho de haber nacido mujeres, cuando seamos solidarias entre nosotras... Sólo entonces habrá llegado la verdadera igualdad y no porque un día un hombre magnánimo decidiera dedicarnos un día. Contenta me tiene.

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