Huérfanos de moderación

Batlle, hasta ahora director general de los Mossos, es la última víctima del radicalismo independentista

La frenética secuencia hacia el referéndum imposible del 1-O registró ayer un acontecimiento que agrava su radicalidad: la dimisión del director general de los Mossos d'esquadra, Albert Batlle, el último moderado del poder ejecutivo catalán. La dimisión, que se produjo para evitar la destitución fulminante que, por fuerza, había de llegar tras la sustitución del consejero de Interior Jordi Jané por Joaquim Forn, entra en la lógica del 'procés'. Jané había declarado reiteradamente que jamás ordenaría una ilegalidad a sus subordinados. Jané era la coraza y el aval de la posición de Batlle, que éste dejó muy clara en su toma de posesión al frente de los Mossos: «La Policía no es de nadie, es de todos. No es de un partido ni de un Gobierno». Los sindicatos policiales de los Mossos no han guardado silencio y, tras expresar que los últimos cambios en la consellería y la actual situación política generan «incertidumbre» y «preocupación», han recordado que su misión es defender los derechos y libertades, siempre de acuerdo con la ley, y que actúan guiados por el respeto a la seguridad jurídica, por lo que han reclamado a las nuevas autoridades que «no olviden» cuál es su función, en un cuerpo que es «de todos los catalanes». Así las cosas, es evidente que, pese al cambio en la cúpula, la Policía autonómica no se prestará a las maniobras manifiestamente ilegales que traman los independentistas para el 1-O y se limitarán a respetar el marco constitucional, en el bien entendido que la 'obediencia debida' nunca es un eximente en democracia. De manera que el referéndum puede acabar en nada si no hay urnas para celebrarlo, policías cómplices para asegurar el orden ni alcaldes dispuestos a pagar de su bolsillo fuertes sanciones por vulnerar la ley. Y si la evidencia es esta, se entiende mal que Puigedmont y los suyos se obstinen en avanzar con ciega determinación hacia el abismo.

Fotos

Vídeos