Hortelano (vivir pobre con elegancia)

«Hay que reivindicar la huerta y su cultura porque está al borde de la desaparición y es mucho más urgente esto que todo lo demás en el paisaje agrario y en la cultura campesina»

EMILIO BARCO

Le plagio el subtítulo a mi admirado Mario Gaviria de un capítulo de su libro «El buen salvaje». Estos días de resaca, consecuencia de la presentación del libro «... Rioja 4.0», he encontrado abrigo en la huerta. Allí, mientras cortaba unas cañas, pensaba en tres comentarios oídos o leídos estos días. El miércoles 7 de febrero Rafa Vivanco me decía que había que recuperar y vincular con el vino, la cocina tradicional y sobre todo, la de las verduras. Mi amigo Félix, «el farras», hortelano de invernadero, me decía, el viernes 9, mientras apurábamos un vino, que en poco tiempo ni pellas iba a haber en Calahorra. «Ni Marito, ni Joaquín, ni..., no queda nadie». El domingo leo en La Rioja las opiniones de un cocinero riojano entre las que subrayo: hay que defender el paisaje (supongo que incluye el de huerta) y hay que esforzarse para que quienes nos visitan en ese estupendo evento del barrio de la estación de Haro, «además vengan otro día, por ejemplo, a Ezcaray a disfrutar de la gastronomía, de la montaña, o que vengan al Monasterio de San Millán» (supongo que se olvidó, no más, de las verduras de la ribera y de La Rioja Baja, ¡perdón!). Y como telón de fondo, siempre tengo la opinión de mi amigo Muntión: «¡Ya vale! Aquí todo tiene que ir con vino: ciencia y vino, arte y vino..., peras al vino».

Nos hemos especializado en el monocultivo del viñedo y esto puede ser muy bueno para las cuentas corrientes de quienes cultivan las viñas, hacen el vino, lo crían o lo venden, si el mercado va bien, pero también puede ser muy malo, aunque el mercado tire, para el paisaje, para la cultura... Ya sé que estas cosas no cotizan. Pero hay que decirlo.

La huerta es mi vacuna para evitar riesgos intangibles derivados del exceso de vino y me la pongo todos los años, y aun así, me pasa como con la gripe, que de vez en cuando me acatarro. Estos días me lo he notado.

Los datos

Desde el año 1990 la superficie de cultivos hortícolas se ha reducido a la tercera parte (15.132 hectáreas ayer y 5.019 hoy) y de lo que queda, más de la mitad es producción industrial, judía y guisante verde para congelar (1.180 y 1.612, respectivamente). De coliflor apenas se plantan ya 400 hectáreas: tomate 214, pimiento 204, cardo 202, alcachofa 174, espárrago 75, acelga 51, borraja 20... Las huertas de la ribera, que en los años sesenta y setenta dejaron de ser despensa para ser mercado, se están quedando ahora llecas. O se plantan de viña, de olivos, de almendros..., de cualquier cosa menos de hortalizas. Que desaparezcan las huertas, las hortalizas y los hortelanos no es ningún problema mientras estén los lineales de los supermercados abastecidos de lechugas, acelgas, judías verdes..., de hortalizas, vengan de donde vengan. Para las hortalizas no se quisieron en su día las Denominaciones de Origen. Así les va. Y para esto nadie dice que hay que hacer un plan, una estrategia o un gran pacto. El futuro es la alta velocidad, no la calma de los hortelanos.

Ya sé que no hay punto de retorno de manera general, pero puede haberlo individual. Conozco los esfuerzos que están haciendo algunos jóvenes hortelanos por seguir siéndolo, a pesar de todo, y los admiro. Hay que reivindicar la huerta y su cultura porque está al borde de la desaparición y es mucho más urgente esto que todo lo demás en el paisaje agrario y en la cultura campesina.

Y no solo es más urgente, es también más importante. ¿Por qué? Porque el paisaje de la huerta es mucho más diverso que el paisaje mejor conservado que se pueda encontrar en el viñedo riojano; porque el saber de los hortelanos es más y más rico en matices que el saber de los viticultores; porque el material genético que se esta perdiendo en frutas y hortalizas es más y más importante que todas las variedades minoritarias de vid en las que tanto se invierte; porque con quinientos metros cuadrados de huerta puede comer fruta, verdura y legumbre una familia durante un año y con una peonada de cepas, una botella de vino al día, no vive nadie; porque los productos de la huerta son mucho más saludables que todo el resveratrol del vino tinto; porque la cocina de la huerta es anterior a toda la parafernalia de la cata; porque en esta región se puso en marcha la primera fábrica de conservas de España, antes de que se construyeran las bodegas centenarias del barrio de la estación; y porque esta región en general y su agricultura en particular tiene una deuda contraída con el sector hortícola, ya que si no hubiera sido por el espárrago, el champiñón, el tomate, el pimiento, las capotas de Alfaro y las coliflores de Calahorra ya me dirán cómo se hubiera aguantado aquellos años en los que por cada kilo de uva vendimiado se perdía una peseta. Las tierras bajas deben mucho a las hortalizas, aunque a algunos se les haya olvidado y ebrios de futuro hayan incluso preferido poner en sus etiquetas Rioja oriental. Por si acaso.

Hay que recuperar las huertas para la despensa si ya no es posible hacerlo para el mercado. Hay que conservar todo el material genético que se esta perdiendo y hay que abrir las huertas a los chavales para mostrarles que otra forma de alimentarse es posible. En Alcanadre empezamos la tarea el verano pasado organizando una jornada de huertas abiertas (lo puede leer en el número 60 de la revista Piedra de Rayo) para animar a quienes nos acompañaron a hacerse hortelanos.

Puede usted, sin gran esfuerzo, hacer su huerta, y disfrutar de alimentos sanos, sabrosos y baratos, porque ¿a cuánto cotiza el metro cuadrado de paisaje de huerta, un rato de satisfacción, lo que se disfruta al plantar, al desnietar los tomates, al cogerlos, al comerlos, al regalarlos...? Es barato, muy barato.

Hay mucho tajo y no espero ayuda de nadie. Ni de las administraciones, ni de los agricultores, ni de sus organizaciones. La huerta da satisfacción pero no da ni dinero, ni votos. Los hortelanos son pocos, gastan poco, reutilizan todo, viven pobre..., pero son elegantes.

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