HOOLIGANS REALES

LUIS J. RUIZ - DAÑOS COLATERALES

Últimamente visito Las Gaunas una vez al año... como buena parte de los logroñeses. Es el 5 de enero y como me llevo mal con la puntualidad, a los Reyes Magos los veíamos desde algún vomitorio del municipal. Pero este año, en un acto de contrición, llegamos al campo poco después de que se abrieran las puertas. Sorprendentemente Logroño madruga mucho y lo de coger un puesto en la fila para que las peques saludaran a sus majestades fue casi imposible. Había niños, sí, pero había mucho padre (y madre) tan petulantes como maleducados que ante el amago de una niña de 6 años de acoplarse junto a su hijo (había espacio suficiente) rebuznó con la misma intensidad con que lo hará, supongo, cuando en la ópera le aseguran que el aforo está completo. Sólo espero que le trajeran carbón. Pero del de quemar.

Quizá sólo sea una impresión mía y, posiblemente, esté equivocado, pero el personal sigue estando demasiado encabronado. Incluso en algo tan relativamente banal como la llegada de los Reyes Magos, un acto netamente infantil, la gente es capaz de sacar a relucir (además de algún que otro codo) su versión más agria. Cada vez hay más amargado profesional, frustrados perennes con un máster en criticar absolutamente todo. Lo del helicóptero, por ejemplo.

Si Melchor, Gaspar y Baltasar llegan en coche porque hace mal tiempo y no pueden hacerlo por el aire, se llevan una pitada, que para sí querría Piqué, por destrozar la ilusión de los chiquillos. Eso sí, si el helicóptero aterriza en el verde, los orcos se la cogen con papel de fumar y cargan contra los militares del helicóptero (los Reyes aún no saben pilotar...).

Encerrados en ese bucle, solo hay dos soluciones: o le encargamos la cabalgata a Chiquetete o se toman una tila. Como vean.

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