¿Homicidio por omisión?

JULIO ARMAS

Los datos que sirven para documentar este artículo aparecieron en un medio de comunicación, allá por el mes de febrero de este mismo año. El titular de la noticia decía: 90 dependientes mueren al día en España sin recibir la ayuda a la que tenían derecho. Nada más. Nada más y nada menos. No sé el motivo por el cual el recorte quedó dormido bajo el grumo de piritas de Navajún que me sirve de pisapapeles. Tampoco sé cuál es el motivo de que se despertara hace una semana. 90 dependientes mueren al día. ¡Terrible!

90 personas que por razones de edad, enfermedad o discapacidad, junto con la falta o pérdida de autonomía propia, precisaban de la atención de otras personas para realizar las actividades básicas de la vida diaria, y a las que nuestra sociedad de mierda no les ha prestado la ayuda a la que tenían derecho. ¿Cuál es el motivo de este homicidio por omisión? Seguramente nos dirán que la escasez de medios económicos que tanto el Estado como las Comunidades Autónomas padecen, pero no corramos y aportemos algunos datos redondeados que sirvan para mejor medir la gravedad del problema.

En España, y en el momento en que se publica esta noticia, 1.214.000 personas tienen reconocida su situación de dependencia. De ellas 866.000 están siendo atendidas por el Sistema mientras que 348.000 están desatendidas y en lista de espera. Primera tragedia. Pero es que hay más, porque ocurre que más de una tercera parte de las personas desatendidas son dependientes con Grado II o III. Un total de 122.000 personas que, por su pérdida total de autonomía física, mental, intelectual o sensorial, necesitan el apoyo indispensable, permanente o parcial de otra persona. 122.000... sí, lo han leído bien, ¡ciento veinte y dos mil!

Bien, pues sepan ustedes que para solucionar este problemón, que ya sobrepasa los límites de la desvergüenza, la Administración General del Estado solo aporta el 18% del gasto público del Sistema, siendo las Comunidades Autónomas las que deben aportar el 82% restante, cosa que, a la vista de esas 348.000 personas desatendidas, no hacen y supongo que no por maldad, si no supuestamente por falta de dinero.

Y es que, ¿cómo va a haber dinero? Cómo va a haber dinero si las últimas cifras que he leído dicen que la corrupción nos cuesta a los españoles 87.000 millones de euros. Cifra esta que sería más que suficiente para recuperar los recortes que se han hecho en Sanidad, en Educación y por supuesto en Dependencia, donde, a pesar de la malísima situación en la que nos encontramos, el Estado, haciendo bueno aquello de que si no quieres caldo, taza y media, tomó la decisión de disminuir su aportación en una cantidad tal que el recorte acumulado desde entonces pasa ya de los 3.600 millones de euros.

¿Y saben que es lo más increíble, infamante y vergonzoso?, pues que más de la mitad de lo defraudado, unos 48.000 millones de euros parece ser que se corresponden con sobrecostes en la administración del Estado, es decir, por las deficiencias en el control de las contrataciones públicas. Todo en el más puro estilo «choricero», pirata y bananero.

Y así estamos, y así podría seguir y seguir y seguir... pero ya sé que no valdría para nada más allá de amargar el desayuno de algunos. Lo que está pasando con esto de la dependencia es sencillamente una canallada, una canallada del sistema a la que hay que sumar el hecho de que, para más cachondeo, existen gravísimas desigualdades entre las diferentes Comunidades Autónomas tanto en la cobertura de las necesidades como en modelos de gestión. Vamos, que dependiendo de la Comunidad en la que vivan, unos dependientes reciben más o menos ayudas que otros. ¿Ustedes lo entienden?

Aunque también hemos de decir, y agradeciendo en lo que vale el dato, que La Rioja, junto con Castilla y León y según la Escala de Valoración del Observatorio de la Dependencia» es uno de los dos territorios que obtienen un notable en la Escala de Valoración del Observatorio. Lo que no siendo mucho hay que reconocer que no es poco.

Así están las cosas en esta España de nuestros pecados. En esta España de la que Otto von Bismarck decía que estaba firmemente convencido de que era el país más fuerte del mundo pues llevaba siglos y siglos queriendo destruirse a sí misma y todavía no lo había conseguido. Una tristeza. Una ruindad y una tristeza. ¿Quién lo arregla? Hasta el domingo que viene, si Dios quiere, y ya saben, no tengan miedo.

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