HISTORIAS

CARMEN NEVOT - ARRANCHAR A SON DE MAR

En ocasiones, entre las páginas de cualquier diario, hay historias de esas que te marcan a fuego y que sin duda te llevan a reflexionar, a valorar que en general la vida no te ha tratado mal. Siempre habría podido ser mejor. Un poco más rica, un poco más guapa, un poco más inteligente, un poco más exótica, 90-60-90... Como la ambición y la vanidad son deseos inagotables, por pedir, se puede pedir de todo.

Pero la cuestión con la que quiero ocupar estas líneas no es esa. Los periódicos me han dado algunos de los mejores y a la vez más amargos momentos al leer historias de esas que no puedes dejar, que te atan al papel sin pestañear, con los dedos ennegrecidos por la tinta. Así me ocurrió con Lamiya. Una joven protagonista de este rotativo que sin saberlo se convirtió en parte de uno de esos momentos de la vida en los que te descubres con la nariz pegada al dominical. Ahora tiene 18 años y a los 15 el estado islámico atacó Kocho, la zona de Irak en la que vivía con su familia. Su vida le gustaba, era plácida y sin sobresaltos y de repente pasó del aula a ser un esclava para los terroristas. También una esclava sexual. Se convirtió en un objeto atado a una cama con el inmenso deseo de representar cada día su última función. De despertarse de un mal sueño. El alma tan resquebrajada como su ropa y la infección devorándole las entrañas. Pasó así mucho tiempo, demasiado, hasta que logró zafarse de sus captores. En su huida una explosión reventó su ojo izquierdo. El derecho se lo salvaron en libertad. Hoy vive en Alemania marcada por su atroz pasado, contando su testimonio y dejando claro que miente quien dice que todos somos iguales. Está claro que no, porque en la lotería de la vida a algunos nos tocaron mejores cartones.

Fotos

Vídeos