EL HIMNO

MANUEL ALCÁNTARA

La goleada fue en el campo, pero en las gradas empataron los que aplaudían y los que abucheaban. Un gran Barça apabulló a un ausente Sevilla, que decidió no comparecer en la final de la Copa del Rey. Antes del partido hubo protestas al himno de España, que sigue buscando su letra, pero también cánticos de apoyo. En el palco estaba Felipe VI, que debió de hacerse la misma pregunta que nos hacemos todos los demás españoles: ¿La gente aplaudía a los que abucheaban o protestaba contra los que aplaudían? Hubo empate en las gradas, mientras los expertos siguen contando a los que ovacionaban y a los que protestaban. Un cálculo difícil porque la célebre «cólera del español sentado» es de difícil aritmética, y Cristóbal Montoro ha logrado cabrear al Tribunal Supremo al decir que no gastó dinero público en el 1-O. Menos mal que nos queda Iniesta, porque los demás están fuera de juego. Aunque el juego sea trágico hay que seguir jugando.

El economista jefe del FMI, que algo debe de saber de cuentas, dice que la deuda pública deja a España contra las cuerdas, pero no sabe cómo aflojarlas sin que sirvan para ahorcarnos. El himno suena para todos, pero hay muchos que no quieren oírlo y se tapan no sólo los oídos, sino los corazones. No sabemos aún si Alemania entrega a Puigdemont, pero todo está preparado para recibirlo con los brazos cerrados mientras la lucha por Madrid, que fuera castillo famoso, no tiene una almena que pueda decir que es suya a un año de las elecciones. A las mociones de censura se han unido las emociones y la extinta banda terrorista, que siempre está a punto de disolverse, sigue dudando quiénes son sus legítimos herederos. El arrepentimiento selectivo es un camelo porque ni les duele el corazón, ni tiene un propósito de enmienda.

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