QUIEN HABLARÁ DE NOSOTRAS

CARMEN NEVOT ARRANCHAR A SON DE MAR

Me llamo Martina, tengo 83 años y estoy sola. Es una frase seca que podría parecer banal, pero en el fondo encierra la profunda amargura que estos días destila mi vecina. Está que llora por las esquinas. Desconozco si exagera su agonía, pero lo cierto es que contagia un tremendo dolor capaz de helarme el corazón en plena canícula. Tras la ventana los grados se suman inmisericordes en el termómetro, pero yo no dejo de estremecerme, de sentir escalofríos cuando la veo. El roce ha hecho el cariño y los años que llevamos compartiendo rellano han despertado en mí una tremenda ternura.

No puedo dejar de pensar en ella desde que hace unas semanas se dejó caer por mi casa. La vi dejada, desaliñada, hundida, como si le hubieran atado un yunque a la espalda. No se parecía en nada a la Martina de siempre, a la que no traspasaba la puerta de su casa sin quitarse la bata de guatiné. Estaba desmadejada, con sus canas desgreñadas sobre la cara. Me confesó que se le había partido el alma, que en la radio había escuchado que habían encontrado el cadáver de una mujer que llevaba muerta en su casa cuatro años y que nadie la había echado de menos. Que a ella le ocurriría lo mismo porque tanta soledad le estaba pasando factura. Que sin marido, sin hijos y con una hermana viviendo en las antípodas de España, ¿quién se iba a dar cuenta de que ya no estaba? Nadie, se repetía una y otra vez. Me hizo que le jurara y perjurara que todos los días iba a llamar a su casa, que no iba a dejar que le sucediera lo mismo... y así lo hice, le cogí la mano y se lo prometí porque Martina, aunque complicada de tratar, con los años, se ha dejado, digamos, querer, y verla así me rompe el alma.

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