Guerra comercial

La imposición de un arancel del 25% al acero y de otro del 10% al aluminio que importa Estados Unidos anunciado por Donald Trump demuestra que el «América, primero» con el que se estrenó en la Casa Blanca no era una simple bravuconada. Tampoco la guerra a la globalización que ha anunciado. El viraje a ultranza hacia el proteccionismo más radical que refleja esa medida, cuyos detalles se conocerán esta semana, representa un paso atrás de gigante en el avance hacia el libre mercado que ha experimentado la economía mundial en las últimas décadas con resultados tangibles en términos de progreso y bienestar. La bandera del aislacionismo más tosco en la que se ha envuelto Trump quizás le sea rentable a corto plazo y le granjee simpatías entre los cientos de miles de obreros de una industria en declive que le auparon al poder. Pero va en contra de la dirección que marca la lógica y, antes o después, acabará por pasar factura a EE UU. Invocar la seguridad nacional para justificar aranceles propios de otro siglo que solo pretenden blindar su siderurgia nacional -castigada en los últimos años por su pérdida de competitividad- constituye una broma de mal gusto que amenaza con abrir una guerra comercial con la UE. La Comisión Europea estudiará posibles represalias contra una iniciativa que pone en peligro miles de puestos de trabajo en la siderurgia comunitaria.

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