El Guernica

JULIO ARMAS

Hace años que fui a ver el Guernica. Lo vi y estuve un buen rato contemplándolo. He de serles sincero... no me extasié. Dicen que es un gran cuadro pero muy posiblemente por mi falta de sensibilidad artística yo únicamente aprecié que era un cuadro grande y además estrambóticamente pintado. Carlos Saura dice que, más que un cuadro, es un cartelón publicitario. Pues estoy de acuerdo con usted, don Carlos.

Y, puestos ya a estar de acuerdo, he de decirles que también estoy de acuerdo con eso otro que dice de que ya está resultando verdaderamente pesado el que cada uno de los centímetros del cartelón tenga, para los intelectuales (¿definimos intelectuales?), una simbología extravagante y, a lo visto, personal e intransferible.

De todas formas, y en evitación de que para castigar mi crimen caigan sobre mí las Furias griegas (cosa esta que tampoco me importa mucho), dejo desde ahora constancia de que esto que expongo sólo es mi opinión, la cual no tiene la menor voluntad de sentar cátedra de nada. Hace ya demasiados años que aprendí que en estas cosas del arte, así como en otras muchas más, lo bueno puede explicarse, pero lo bello no. Es cierto. Un ejemplo de lo que pienso y digo lo tenemos en la obra del difunto señor Tapies, que Dios tenga en su gloria.

- Tampoco me gusta.

- Pues es muy buena... si quiere se la explico.

- No, gracias, es que a mí me gusta que me guste sin que me lo expliquen.

- Ya.

Pero volvamos al Guernica. Cayó el otro día en mis manos un artículo en el que varios profesionales del opinaban sobre la obra maestra. Sabiendo de mi carencia cultural, lo leí a fondo. Por fin creí que, guiado por tan doctos expertos, iba a nacer mi entendimiento.

Una de las personas que daba su opinión era el director del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Quién mejor, pensé. Decía que el hecho de que Picasso hubiera acabado pintando en el cuadro un quinqué y una bombilla eléctrica fue porque quería significar un bombardeo nocturno y la desprotección de las gentes. ¡Toma castaña!, explicar lo habría explicado pero yo seguía sin entender nada. ¿Un quinqué más una bombilla es igual a un bombardeo nocturno?

Poco más adelante daba su opinión un Premio Nacional de Artes Plásticas. Era una mujer. Dijo que del Guernica lo que la fascinaba era la multiplicidad de puntos de vista. También dijo que, en el cuadro, era para ella un elemento muy especial el cuerpo del caballo y eso que como más adelante indicaba «cada vez lo identifico más con una yegua. Tiene una hendidura, en realidad tiene dos: una parece que representa la herida, pero también una entrada y un ojo. La otra es el sexo de la yegua» (sic). ¡Toma, Geroma, pastillas de goma!

Y como seguía sin entender nada, en un último intento leí las explicaciones que sobre el cuadro daba la jefa de Conservación de Pintura del siglo XVIII y Goya, del Museo del Prado. La cosa parecía estar clara. Esta persona explicaba que «la estructura del cuadro está sometida a unas matemáticas purísimas» y decía también que la palma de la mano que puede verse en primer plano es «un arquetipo en la mente humana; en sus rayas está el destino. Picasso muestra estas líneas en primer término y muy marcadas: es el destino de un país quebrado, roto por la violencia de la guerra». ¡Cáscatela perdigón!

¡Apaga y vámonos! Vaya tres explicaciones. Los italianos, para justificar juicios como estos, suelen decir . Yo no entendí nada. Debo de ser muy burro. De acuerdo con don Carlos Saura, también para mí el toro es un toro, el caballo, un caballo, la bombilla una bombilla y la manía de querer buscar símbolos, hasta en lo puramente evidente, una pesadez de padre y muy señor mío. Me quedo con la belleza que no necesita de exegetas. Ella y yo. En una soledad compartida. Sin terceros. Sin nadie que me lo explique. Hasta el domingo que viene, si Dios quiere, y ya saben, no tengan miedo.

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