El guateque

RICARDO ROMANOS

Pues nada, que estaba yo escribiéndole a usted el pasado Viernes Santísimo sobre lo españolísimas y rojigualdescas que nos han quedado las fotos en tiernicolor de la Cospe, el Zoido y la Susana, allí en Málaga y rodeados de fuerzas vivas, Dios los cría y ellos y ellas se arrejuntan, ostentando, luciendo el uniforme de gala folclórico-nacional-católico, pepero-socialista, procesional, militar, policial y andalusí, pero no había forma, no me daba el cacumen. Imagínese: mi casa en medio de todo el mogollón y ahí, en medio de la Vieja Casquería. O sea, que se me caían los cuadros de las paredes con el retumbe de los parches y el estruendoso fervor turístico de la nutrida concurrencia. Así que me puse las Cantatas Masónicas de Mozart a todo volumen para aliviar mi atea religiosidad y me fumé desesperadamente un turquestano por ver si se me aparecía Calíope en pelotas y me daba un toque ahí mismo, en la elocuencia épica, digo. Pero fue peor el remedio porque me desbarajusté y me puse tierno, melancólico, y el Santo Viernes se me fue al cielo por los derroteros de la memoria. La nostalgia, esa pavorosa enfermedad, y el humo del hachic me detuvieron en el 27 de marzo, Viernes y Santo de 1964. Aquel día, muy parecido al de este año en cuanto al clima, aunque no teníamos ciclogénesis explosivas, y nada que ver en tanto al resto incluidas las tradiciones y costumbres procesionarias, estuvimos ensayando. En secreto. No, nada de teatros. Estuvimos preparando un guateque que debía inaugurarse con pompa y esplendor el Domingo de Gloria para concelebrar como se merecía la resurrección de nuestro ídolo. Hay que decir que por entonces, además de los Beatles, The Eagles, los Yankos de aquí o Charles Aznavour y Adamo para los temblorosos agarraditos, también nos gustaba Galileo The Boy, aquel atristado tanguista. Que quede. Así que sí: allí estábamos la muchachada bachillera marista en unas amplias oficinas de un taller mecánico comprobando nuestra sapiencia en el arte del rock, el twist, el sirtaki y hasta la yenka después de haber dejado el local como los chorros del oro. Nos faltaban las chicas, pero si Cristo iba a resucitar, Cristo proveería otro no menos asombroso milagro. Debo recordar que aquellas semanas santas de antaño eran como Dios y Franco mandaban al unísono, ¡ar y amén Jesús, arriba España! Y el silencio era sepulcral, en casa y en la calle. Con decirle a usted que aquí en Logroño las cofradías no sacaban tambores, cosa que recuerdo con nostalgia, está todo dicho. Los cines cerraban, el teatro se prohibía, las radios permanecían mudas porque no emitían, las salas de fiesta eran pecado mortal, si un urbano te pillaba silbando por la calle te metía un rapapolvo y si lo hacía un cura te condenaba a diez mil años de Purgatorio. Para más INRI, la tecnología era la que era: enchufamos un giradiscos -un pikup, se llamaba- al altavoz de una vieja radio y la cosa funcionó. Al menos durante los ensayos bailarines. Las pepsis, las cocacolas y mirindas estaban dispuestas: ni una gota de alcohol. Llegó el día, glorioso Domingo de Resurrección, y nos fuimos mañaneros y piadosos a ver «monumentos»: aquellos ornamentados y floridos altares de las iglesias logroñesas. La espera de la tarde se nos hizo eterna. ¿Quién dijo que traía a las chicas? Pero Jesús había resucitado. Y nos las trajo de la mano de algún primo segundo. De la Enseñanza: era su primer guateque, no las conocíamos de nada. ¡Preciosas, maravillosas, guapísimas, gracias, Jesusito! ¿Un poquito de twist para calentar ambiente, una Konga? No, yo no sé bailar la conga. No, si me refiero a la bebida. Ah. Y pusimos la música. ¡Diantres, la radio también había resucitado! Y allá sonaba el Twist and Shout, agítate, nena, y baila, entre los alaridos de un speaker futbolero. Un desastre resurrecto. Pero Chuchi se portó. Alguien trajo un magnetofón de su padre, un amante de los boleros, y mire usted por dónde todavía me pringa el amor. Y es que ya no hay Semanas Santas, lo que se dice Santas, como las de entonces, tan turísticas las de ahora, tan gastrobarescas. Y a la Cospe, al Zoido, a Susanita y sus mariachis patrioteros, esa ganga, que les den.

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