LA GRAN MENTIRA

PABLO GARCÍA-MANCHA

Ya no hay sitio. Podrán decir lo que quieran, escribir alambicados textos repletos de las peores de las putrefacciones, pero hace años que están acabados, reventados y disueltos. Han intentado blanquearlos desde posiciones absolutamente oscuras: buena parte de un clero vasco ensimismado y carlistón o una izquierda ultramontana que ha confundido la revolución con una suerte de etnicismo atroz entreverado de sangre, barricadas y odio. Han tenido cantantes a su lado, poetas del exterminio, políticos que han buscado una especie de lugar en el sol para medrar a costa de la sangre de miles de inocentes. Han doblegado el lenguaje hasta límites extremos para ocultar la evidencia a todas luces inexplicable de su ignominia. ETA ha sido una herramienta utilizada por casi todas fuerzas políticas; se ha especulado con ella, se ha negociado, han pactado hasta treguas parciales en una parte de España, ha habido en estos años negros tanta basura depositada en el lodo de infinidad de lugares públicos que lo único que queda es que no nos madruguen el relato. Ni son presos políticos ni tienen nada que ver con la sociedad civil. Están derrotados y desarmados. Pero tienen a su lado una gran herramienta propagandística que no se da por vencida, que sigue -dentro y fuera de España- apostando por la creencia de que tienen algo que les debemos. En su bolsillo sólo hay muerte, en su recámara quedan más de trescientos casos sin resolver. No son nada, sólo un jeribeque desgraciado de la historia, una anomalía inhumana y gris que hizo todo lo que estuvo en su mano para que a España no llegara la democracia tras la muerte de Franco. Son verdugos y ya no engañan a nadie.

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