GOLPE DE ESTADO

MANUEL ALCÁNTARA

No se puede cambiar de caballo en plena carrera, sobre todo cuando no hay caballo, aunque siga dando coces fuera del hipódromo. El ministro de Cultura ha hablado de mí como candidato al Cervantes. Ya me caía simpático, pero ahora mucho más. Me ha puesto en el trance de aquel señor que iba por la calle y le preguntó un guardia de la circulación: «¿Es suyo ese Rolls-Royce mal aparcado?» «No, pero muchas gracias por haberlo creído», respondió. Tenía yo doce años, que es una edad buena para todo, pero mala para la inocencia, cuando fui por primera vez a La Rosaleda a ver al Málaga, que antes se llamó Malacitano cuando jugaba en los Baños del Carmen y los goles no se podían cantar en el graderío por falta de graderíos. Cuando el balón caía al mar, un barquero lo devolvía al campo, que era de tierra, chorreando Mediterráneo. Si se tienen 90 años y un trimestre se le puede dar la tabarra a cualquiera, contando con su misericordia, pero sin olvidar que la vida sigue mientras estemos vivos.

Lo que nos urge más ahora es que el campo, no el de fútbol, sino el que está al descampado, se quede sin gente. Los llamados 'catetos' no tienen suplentes y a eso le estamos asignando el nombre de 'declive demográfico'. No es nuevo el problema, pero cada vez es mayor. 'Ciudad grande, soledad grande', decían los latinos, pero los patricios delegaban en otros para que sufrieran esa soledad y ahora es un asunto prioritario. Los problemas que se resuelven es porque antes no eran tan problemáticos. Si se encomiendan a nuestros políticos tenemos garantizado que van a durar siempre, aunque ellos varíen de nombre y de bando. Ya no se producen migraciones del campo a la ciudad y los demógrafos siguen advirtiendo. Allá ellos, decimos los que vivimos en las ciudades. Y en los pueblos grandes.

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