El glifosato y la evidencia científica

«Las agencias europeas, de las que no creo que haya motivos para desconfiar, han sido claras al determinar que el uso de glifosato no supone un riesgo real para la salud humana»

Actualmente, estamos pendientes en el Parlamento Europeo de que la Comisión Europea presente su propuesta de prórroga de la autorización del uso del glifosato. En las últimas semanas he recibido en mi despacho varias llamadas de agricultores que solicitan de forma espontánea información al respecto.

La preocupación es grande, pues se trata del herbicida más utilizado en la Unión Europea. No soy ajena a su preocupación, la conozco de primera mano y desde mi escaño defiendo que se mantenga la autorización del uso del glifosato más allá del 31 de diciembre de este año, fecha límite decidida en la última prórroga acordada por Bruselas hace dos años.

Es cierto que el glifosato aparece en la lista de sustancias 'probablemente cancerígenas' de la Organización Mundial de la Salud (OMS), pero me gustaría destacar que en esa lista también aparece el consumo de carne roja. Para la OMS, el «extracto de hoja entera de aloe vera» es catalogado también como «posiblemente cancerígeno».

Sin embargo, los riesgos para la salud humana son fácilmente cuestionables si se entiende cómo funciona el glifosato. Esta sustancia activa inhibe rutas de síntesis de aminoácidos aromáticos presentes exclusivamente en plantas y en ningún caso en mamíferos. Además, tarda poco más de 20 días en biodegradarse por lo que los efectos acumulativos para el medio ambiente se ven también muy limitados.

Tanto la Agencia Europea para la Seguridad Alimentaria (EFSA) como la Agencia Europea de Productos Químicos (ECHA) han emitido informes en los que queda patente que el glifosato usado en cantidades adecuadas no plantea riesgos. Algunos expertos afirman que una persona debería pasar dos años seguidos comiendo más de 16 kilos diarios de soja tratada con glifosato para consumir las cantidades que menciona la OMS como cancerígenas.

Algunos grupos de presión están haciendo mucho ruido en contra de esa sustancia, pero con los estudios e información contrastada en la mano, sus argumentos no se sostienen desde el punto de vista científico. Puedo entender la alarma generada en los consumidores desinformados o intencionadamente mal informados, pero ello no puede servir como justificación para la toma de decisiones políticas que afectan a la situación económica de las familias que viven de la agricultura.

El problema a largo plazo no es únicamente si la Comisión Europea autorizará su uso o no en los próximos meses. Estamos ante un problema mayor que podría poner en cuestión la legitimidad de los organismos científicos de la Unión Europea. La Comisión tiene que decidir si confía en la EFSA y la ECHA o si toma sus decisiones en base a ruidosas propuestas populistas fomentadas por grupos de presión que basan sus tesis en argumentos sin fundamento. Las agencias europeas, de las que no creo que haya motivos para desconfiar, han sido claras al determinar que el uso de glifosato no supone un riesgo real para la salud humana.

En la medida en que la Unión dispone de argumentos suficientes avalados por sus organismos científicos, las decisiones pueden ser adoptadas con conocimiento de causa. El día en el que esas mismas entidades aporten pruebas que demuestren lo contrario, seré la primera en aceptar la evidencia científica.

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