Gestión sanitaria poco eficaz

Aunque parte de la política de gestión sanitaria regional sea heredada, el mantenimiento de las medidas y el paso del tiempo siguen ahondando en una crisis sin precedentes

Si una gestión política insiste en los errores ajenos y propios y, a su vez, se aferra a posturas que se han demostrado equivocadas, demuestra poca inteligencia. Si, además, a pesar de ello no se enmienda, el calificativo adquiere un calificativo innombrable.

La Consejería de Salud del Gobierno de La Rioja ha dado por finalizada su gestión en 2017 y prepara ahora sus medidas para un año preelectoral. Así, en 2019 se van a celebrar elecciones autonómicas, las primeras a las que se someterá el presidente Ceniceros y su Consejo de Gobierno.

Destaca la señora María Martín por sus cargos políticos, siendo la Consejera de Salud y también la secretara general del PP riojano. En las elecciones de mayo de 2019 va a tener el primer juicio de su gestión política partidaria y todo apunta a un descenso electoral. Pero no adelantemos acontecimientos, la ciudadanía tomará la palabra y sentenciará.

De lo que sí podemos hablar y escribir es de la gestión sanitaria de este Gobierno, que ha estado centrada en pretensiones escasamente logradas.

Durante el año que acabamos de cerrar, la sanidad pública ha tenido los mismos problemas de gestión que con sus antecesores: larguísimas listas de espera, urgencias sanitarias colapsadas, mayores esperas para conseguir cita en los centros de salud, dificultades por fugas en el servicio de traumatología en el San Pedro, la jubilación de varios especialistas; a la Unidad del Dolor, que debería ser ejemplo de diligencia, se le conoce por lo contrario, por no olvidar que quien decide libremente ser intervenido quirúrgicamente en el San Pedro desaparece de las listas de espera...

La política de efectivos de personal sanitario también ha ido a menos. Han sido muchos años sin cobertura de vacantes, sin sustituciones que todavía seguimos sufriendo. El esfuerzo de los profesionales sanitarios está al límite y el hartazgo, sobrepasado. Más de mil puestos de trabajo se han eliminado entre personal eventual, sustituciones y plazas no repuestas.

Esta es la gestión sanitaria pública de la señora María Martín y aunque debo decir en su favor que parte de la misma es heredada, el mantenimiento de las medidas y el paso del tiempo siguen ahondando en una crisis sin precedentes. Además, no podemos olvidar que la contratación del nuevo gerente en la Fundación Hospital de Calahorra (para ello sí había dinero) ha dependido directamente de la consejera. Un gerente, por cierto, que llegaba cesado de la sanidad madrileña por falta de confianza que del que, en cuanto ha llegado, hemos comprobado que pretende gestionar el Hospital como si de su cortijo se tratara.

Todas estas medidas tienen una influencia directa en la atención que recibimos los enfermos, una atención que sigue perdiendo calidad. A pesar de ello, los resultados de las encuestas sobre la percepción sanitaria son positivos, pero hemos de ser conscientes de que el camino por el que transitamos no es el correcto.

Existe otra política sanitaria menos conocida pero mucho más dañina de la que vemos cada día. Me refiero a los conciertos privados que la consejera sigue firmando con mercantiles privadas.

No es posible sostener y aumentar conciertos privados cuando hay camas cerradas en el Hospital San Pedro y en el Hospital de La Rioja, ni contratar radiología cuando los medios técnicos y los profesionales públicos están a medio gas o simplemente parados. También es insostenible que se utilicen medios públicos como la cocina del Hospital San Pedro para favorecer intereses privados. Y qué decir del nuevo contrato para el servicio de ambulancias, que está generando problemas de atención y organización de los servicios, consecuencia de la baja de más de cuatro millones de euros en la adjudicación a la empresa Ferrovial.

Por tanto, la relación de la sanidad pública con empresas privadas continúa haciendo perder recursos públicos para el beneficio privado, a la vez que la calidad sanitaria desciende.

En último lugar, no podemos olvidar la investigación, que debe ser impulsada desde el sector público, que ha de acoger las nuevas técnicas que van a mejorar nuestra salud en el futuro.

El reto no es fácil, pero la señora María Martín ha de asumirlo abriendo el abanico para contar con otros criterios antes de tomar decisiones, con inteligencia y sin ocultación de datos. De lo contrario, su ascenso vertiginoso por las circunstancias políticas puede terminar en un trompazo de dimensiones dignas de mención.

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