Gentrificación

RICARDO ROMANOS

Suena fatal, no me diga usted que no. Pronuncie la palabreja en voz alta, dígasela usted con entonación neutra, por favor: gen-tri-fi-ca-ción. Piense: ¿qué le viene a la cabeza, así de primeras? Horripilante, no me diga usted que no: ¿algo así como un extraño y selectivo procedimiento de tortura o exterminación masiva? Piense otra vez: ¿cómo, con qué se puede gentrificar al personal? Dele vueltas a la sesada. Duro, ¿a que sí? Pues mire usted lo que son las cosas, efectivamente de ello se trata, de deshacerse del gentío, del vecindario. A mogollón. En castellano así nos suena. Con repelús. Hombre, mujer, si se la pronuncia en inglés la cosa cambia, se suaviza, se azucara un poco: . De , gente selecta, de posibles, esa aristocracia. Y algo fresco, elegante y hasta con un puntito erótico, circula por nuestra boca. Pues sí, porque el vocablo se lo sacó de la manga una socióloga londinense, allá por los años sesenta del siglo pasado, para definir los procesos de transformación que pueden sufrir ciertas áreas metropolitanas, antes en declive, a partir de su reconstrucción o rehabilitación. Tal que un movidón económico. Esto es: usted, un inglés jubilado y un tanto pobrete tiene un piso hecho un asco en la mismísima Baker Street. Pide un crédito, llama a los gremios sin olvidarse de una decoradora de interiores, le dan una vuelta, se lo dejan hecho una bombonera y usted se lo alquila o vende a la deseosa. Pero no para ahí la cosa. Sus vecinos, gente tan pobreta, vieja y miserable como usted, ven por dónde van los tiros y hacen lo mismo que usted. Con la pasta en el bolsillo se van todos echando leches del barrio a vivir en un apartamento en las afueras. O al pueblo, que se está de puta madre. Y todos salen ganando, sobre todo los especuladores, los bancos, constructoras, financieros y demás corruptores: el barrio en cuestión se ha puesto de moda, ha rejuvenecido, se ha llenado de establecimientos selectos, restaurantes y niños limpios, perfumados y bien alimentados. No como antes, con ustedes y gentecilla como yo, improductiva, fea y achacosa. Bueno, esto pasaba en el Londres de los sesenta, ya digo. Ahora en España la gentrificación es lo mismo, pero al revés. Nada de sino todo lo contrario. Detrás del momio están los tiburones de la pastizara con mando a distancia en los ayuntamientos. Y además de gentrificar hay que a lo bestia, como le oí decir a un imbécil con galones de edil. Al envejecido personal no le da un crédito para arreglar su chabolo ni su padre, hala, a tomar por saco. Y cómo, con estas pensiones que disfrutamos. Así que se trata de reconvertir los centros históricos de nuestras ciudades en circos hosteleros con pisos de alquiler rápido, ahora vienes y mañana te vas, a precios exorbitantes y para muchedumbres de tapeo a mogollón. Asqueado el vecindario de tanta balumba despelotada y borracha, de tanto hotelucho ilegal y tanto berrendo nocherniego, aislado porque ya no puede avituallarse de lo necesario para vivir ya que al comercio tradicional también lo han jubilado, que remedio, y sus locales se han convertido en bares, tabernas, cervecerías, bocaterías, discotecas y casas de lenocinio, y olvidado por las desaparecidas policías locales y las manos de sus dioses, sólo le queda la desesperación o la resignación, esos matarratas. ¿Qué hacen nuestros políticos? Seguir desregulando el negocio. Porque así se crean muchos puestos de trabajo de ahora vienes y mañana te vas y salen las estadísticas del cambalache para la próxima campaña electoral: ¡miren ustedes nuestro milagro económico! ¡Gentrificación, gentificación, gentifricación!: el camarote de los hermanos Marx, aquella burbuja. O sea, cómo hacer invivible y torturante una ciudad, cómo exterminar a sus habitantes en un campo de concentración dirigido por interesados majaderos. La misma palabra, tan de moda, lo dice, verá: pronúnciela ahora otra vez, pero en voz alta. ¿Cómo le suena? Grítela de nuevo, deje que aflore su mala hostia. Notará cómo le entra por el cuerpo en su más honda y ajustada significación. El español, el castellano, es lo que tiene. Y mañana vaya usted a su ayuntamiento a ver qué le cuenta sobre el asunto el alcalde (o la alcaldesa) que usted votó.

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