GENTE DE LA CALLE

MANUEL ALCÁNTARA

Nunca se hacen las cuentas a ojo de mal cubero, pero es cierto que acudieron el domingo en Barcelona cientos de miles de personas clamando contra el separatismo y en defensa de la unidad de España. El difunto es un vivo y los partidos secesionistas se ven obligados a ir a las elecciones. La República Catalana, decretada por los separatistas de carné, tendrá que esperar sin desesperarse. No ha llegado su momento, aunque esté lejos de haber caducado. Más del 55% de los catalanes está clamorosamente en contra de la independencia, según las encuestas más solventes, que quizá pierdan la solvencia dentro de un par de semanas. ¿Qué es lo que de verdad queremos? Los periodistas somos los historiadores del presente y la actualidad huye mientras se la nombra. Por eso no hay nada más antiguo que el periódico de ayer, ese que tiene usted en sus manos.

La llamada Cataluña silenciada ha decidido hacer ruido antes de llenar las urnas del 21-D. Mientras, la Fiscalía se querellará contra Puigdemont en la Audiencia Nacional y contra Forcadell en el Tribunal Supremo. Nuestro futuro es cualquier cosa menos aburrido porque los dioses varían de postura, hartos de tenernos en sus rodillas. Sólo los llamados 'anticapitalistas' de Podemos reconocen el delirio de la inverosímil «República Catalana», mientras Zoido les recuerda a los Mossos que su obligación es obedecer, aunque estén aturdidos por las órdenes contradictorias que les entran por un oído y no les salen por el otro. La sociedad civil catalana, que es la más evolucionada de todas las tribus hispánicas, quiere inclinarse sobre el pueblo para conocer sus costumbres. ¿Dónde estaba para tener que inclinarse? La vieja pregunta reaparece cuando la economía, que es casi todo, va mal, pero puede ir peor. Mucho peor.

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