GENTE DE FUERA

MANUEL ALCÁNTARA

El riesgo de fuga, que solo atañe a algunos condenados, se ha convertido en un peligro para todos porque en España ya no se cabe. Hemos batido nuestra propia plusmarca y nos disponemos a recibir este año a 84 millones de turistas, sin contar a los que llegan en pateras, que no hacen turismo, pero hacen lo que pueden por comer. La virtud de acoger a los que vienen, con nuestros brazos abiertos, no incluye a los que además traigan abierta la boca, pero un récord siempre es un récord, y esta actividad, que aporta el 11% de nuestro PIB, se ha transformado en una molestia, sobre todo en algunas grandes ciudades. Hubo una época en la que venían los de fuera, más que para cambiar de aires, para cambiar de moneda, pero nuestra «nación de naciones» puede ser cualquier cosa, menos barata y nos preguntamos qué se puede hacer con la que fue nuestra primera industria. El país, según los economistas, ya no resulta atractivo por los precios y deben tomar el relevo los historiadores.

Todo el que venga de la mitad para abajo de la Península deberá traer una cantimplora. El agua, «útil y humilde y preciosa y casta», escasea de Despeñaperros para abajo, pero nos preocupa más la memez que ha dicho nuestro cónsul en Washington, ya excónsul, sobre el peculiar acento andaluz. Muchos no lo hemos perdido nunca y otros, si lo perdieron, lo han recobrado en los pocos días, al regresar a su tierra y a su mar. El ministro de Exteriores, Alfonso Dastis, ha destituido fulminantemente a este diplomático por reírse de Susana Díaz, que habla muy bien el idioma de Juan Ramón Jiménez y de García Lorca, o sea el puro castellano. Ahora el pésimo cónsul, demuestra que no sabe disculparse ni en su lenguaje y dice que todo era una broma para las redes sociales. Por la boca muere el pez.

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