LA GARANTÍA

PABLO ÁLVAREZ

Ha pasado ya una semana desde la sentencia de La Manada. Una semana desagradable, de mucha tinta gruesa y protagonizada por una marea de indignación que, como todas, ha tendido a disparar a un blanco del tamaño del ojo de una aguja utilizando un bazuca. Pues bien, tras esta semana de pasiones, hay una palabra que me apetece recordar, no ya referida a este asunto, sino en general. Una palabra que resume lo que de bueno ha de tener un sistema jurídico y que, sin embargo, es de lo primero que se olvida cuando la sangre sube a la cabeza.

Mi palabra es «garantía». El nuestro es un sistema garantista. ¿Qué significa eso? Que todo proceso judicial ha de pasar por un buen montón de regulaciones, de protocolos y de leyes que garantizan que a todo el mundo se le respeten los derechos que tiene. Que no es una turba la que juzga, como en los tiempos de la horca y el árbol, sino un sistema con plazos, procedimientos y recursos.

Ese sistema garantista ha de procurar que se respete el derecho de la víctima, sí, pero también ha de tener el mismo respeto con el del acusado. Llevados por horribles casos como éste, tendemos a pedir modificaciones penales, inhabilitaciones de jueces y castraciones al amanecer; pero eso no es justicia. La justicia, recordemos, ha de seguir el principio primordial de que todo el mundo es inocente hasta que se demuestre lo contrario, y de que en caso de duda irresoluble, la sentencia ha de caer del lado del acusado. Toquetear el sistema, por un caso que nos repugne, para que se incline más del lado de quien acusa es de lo peor que se nos puede ocurrir como sociedad. Tengamos cuidado.

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