GANAS DE LLORAR

CAUTIVO Y DESARMADO PABLO ÁLVAREZ

A mí, personalmente, me dan ganas de llorar». Lo decía Rafa Nadal, ayer, desde el otro extremo del mundo. Y a mi alrededor veo muchos nadales. Dondequiera que me paro a hablar, con casi cualquiera. Mucha, mucha tristeza. Ay, España.

No veo enfado a mi alrededor. No veo ganas de revancha, aunque sí las leo en las redes sociales, ese estercolero del que, reconozco, he huido espantado: si ya me cuesta reconocer a mi país en la calle, como para ir a buscarlo en ese cenagal de gente ladrando.

España da ganas de llorar por muchas cosas, sí. Porque los catalanes (muchos, cada vez más) se quieran ir, por ejemplo. Aunque empiezo a pensar que a los españoles nos iría mejor independizándonos y ocupándonos por fin de las cosas que importan.

Pero da ganas de llorar la absoluta impudicia de los políticos catalanes, la fácil tentación totalitaria de muchos de sus ciudadanos y la pasividad o el aplauso con que el resto asisten al espectáculo.

Da ganas de llorar la casi delictiva torpeza con que el gobierno español ha tratado el asunto, dejando bien evidente que no había plan antes, y que tampoco lo hay ahora.

Da ganas de llorar una oposición cicatera y cortoplacista, da ganas de llorar el coro de cuñados que llaman a la Legión, al 155, al boicot.

Y dan ganas de llorar tantos buenos policías y guardias que no deberían estar allí, mandados por unos señores que, en realidad, no sabían qué hacer y tiraron por la calle del medio.

Ojalá no nos den más motivos. Ojalá, de pronto, aparezca un rayo de lucidez. Y ojalá aprendamos. Aun a base de lágrimas.

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