Fuegos de España y Portugal

Fuegos de España y Portugal

BERNARDO SÁNCHEZ

En España, para que una noche deje de abrir los telediarios una misma Comunidad Autónoma, como mínimo tiene que estar ardiendo otra por los cuatro costados. Y medio país vecino. Esto debe ser lo que llaman 'equilibrio territorial'. Sólo como un clavo saca a otro clavo, un fuego desbanca a otro fuego. Por lo menos, en el . Fuegos, no obstante, muy distintos entre sí, aunque coincidan en lo fundamental: ambos están provocados. Provocadísimos. Supongo que asistimos a una nueva modalidad de las dos Españas (una de las dos te ha de incinerar el corazón); o del «café para todos» (sustituyendo el café por el fuego: fuego para todos); o de la famosa España de las dos velocidades. Efectivamente, los dos fuegos nuestros (más Portugal), han sido regados con acelerantes muy distintos: desde el combustible corriente a la mentira inflamable. Las mentiras, las falacias y las mixtificaciones son un combustible acojonante, de primerísima calidad. Tú las aplicas a cualquier estopa y enseguida prende todo. Y se extiende. Y las llamas se elevan como en una pira sacrificial hasta teñir el horizonte de rojo Tara. Enseguida se detecta cuando un fuego ha sido provocado por una idea prefabricada. Se alcanza en segundos el punto de ignición, tiene un momento de gran lucimiento y luego, tras el espectáculo de , se queda todo perdido. De cera, de una cera cuaresmal que no sale ni con rasqueta, que hace que las ruedas de los coches rueden en falso y que los peatones corran riesgo de partirse la crisma. Una cera que el calor del verano derretirá hasta fundirla con el asfalto. Hasta que se añada otra capa, y así se va haciendo un ideológico y un público aficionado. Mientras que las cosas van cambiando de sede social. Y luego de sede fiscal. Y luego se extinguen sin más. Hasta que la próxima glaciación adecente el local. En cambio, en la otra comunidad (y en Portugal), el fuego es como real y deja restos también como reales, ¿no?; es decir: casas, enseres, vehículos, cabañas de animales, masas forestales enteras, especies vegetales únicas, ríos -los ríos también arden, un fuego cristalino, frío-, personas incluso (cuatro aquí, decenas en Portugal). Una señora de una aldea con nombre de novela de Cunqueiro o de Fernández Flórez -hasta esos nombres también se hacen pavesas, como cuando arde una página de un libro o se incinera una palabra-, le decía a un reportero de televisión que lo único que le quedaba ya eran las bragas; y eso gracias a que las llevaba puestas. Realismo puro. No se puede explicar de manera más gráfica la dimensión de la tragedia. No cabe aquí mediación internacional (como mucho, bomberos hasta de Marruecos, en el caso de Portugal); sólo mirar al cielo y esperar que llueva. La lluvia sí cala sobre este bosque desanimado; lo alivia, regenerará su suelo. Pero, por ejemplo, no puede sacar la cera del asfalto. Detrás de la señora que se aferra a sus bragas como a una piel, la única que ya habita, lo único que habita; seguía viéndose una columna de humo como las que producen los bombardeos. Y una cortina fina de brasas. Los pirómanos, de ésta o de la otra Comunidad, bomberos del tipo , sobradamente preparados para propagar el fuego y recalificar luego su tierra quemada con más combustible, ven la retransmisión en directo desde sus casas, o desde sus triclinios, como Nerón contempló su barbacoa desde las colinas capitolinas. En fin, que esta semana, por las noches, nos hemos podido sentar delante de la televisión y admirar cómo los tertulianos han sido capaces de hablar de dos fuegos españoles -uno de mentira y otro de verdad- más el de Portugal. Y meternos después a la cama, calentitos.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos